Aunque con retraso, quisiera felicitar a Roberto Cicciomessere por su larga intervención sobre la guerra del Golfo.
Quisiera felicitarle no sólo por su postura en favor de la intervención militar, sino sobre todo por su valentía al defender el derecho a la contradicción, pues contradicción obvia hay entre dicha postura en favor de la guerra y la defensa a ultranza de la no-violencia que Roberto sigue manteniendo. "No creo, en mi calidad de laico", dice Roberto, "que la verdad pase a través de coherencias, ni certezas graníticas". Ciertamente que no, y es bueno que, en la mismísima palestra política, se afirme un principio que está en el fundamento mismo de la democracia, pero que hasta ahora sólo había oído en boca de escritores, filósofos y pensadores: nunca en boca de políticos.
El problema es que con semejante actitud tan transida de cuestionamiento dudo mucho que se pueda hacer otra cosa que un partido o una acción política TESTIMONIALES. Dudo mucho que con tales interrogantes se pueda arrastrar a la gente y obtener el voto mayoritario de unas masas que quieren certezas y seguridades. Y no sólo porque las masas son cerriles -que en parte sí lo son-, sino porque para gobernar hace falta, en muchas ocasiones, dejarse de estados de alma y actuar con seguridad y aplomo. Un ejemplo: supongamos que Roberto Cicciomessere hubiera formado parte del gobierno italiano el 15 de enero de 1991 y que, por consiguiente, dicho gobierno hubiera adoptado una posición basada en las ideas del texto que comento, ideas consistentes en decir: toca desgraciadamente hacer la guerra contra el tirano de Sadam Hussein, aun a sabiendas de que "toda guerra es un crimen contra la humanidad"... y que por tanto (Roberto no saca esta conclusión, pero la misma es inevitable), vosotros, bravos soldados italianos que
vais a combatir al enemigo sois unos criminales contra la humanidad.
Basta enunciarlo para darse cuenta de la imposibilidad de gobernar con semejantes ideas. Lo que pasa es que se puede y quizá se deba hacer política sin aspirar necesariamente a gobernar. Quizá radique ahí -en su desapego de los imperativos del poder, en el hecho de hacer política testimonial, de decir siempre lo que piensa, aun a riesgo de cortarse de la gente la mayor virtud del partido radical.
Lo que sucede en el caso presente es que, si toda guerra es criminal, infinitamente más criminal sería dejarse sojuzgar por un tirano del tipo de Sadam Hussein ; peor, infinitamente peor que la guerra actual, sería que, después de haberse adueñado de Koweit, se apoderara de Arabia Saudí, para conquistar más adelante Israel, para acabar dominando toda la región y, si lo pudiera, todo el mundo (lo cual, y no la mera anexión de Koweit, es lo que constituye la verdadera razón de la guerra).
Roberto Cicciomessere lo sabe perfectamente, y por esto adopta la actitud que adopta. Pero entonces, por qué empeñarse en calificar de "crimen contra la humanidad" todas las guerras, incluida la presente contra un redomado genocida como Sadam Hussein?
Pero qué pasa entonces con los pacifistas? Son tan tontos que no se dan cuenta de lo que sucedería si no se le parasen los pies al tirano irakí? Por supuesto que lo saben, o al menos lo intuyen. Lo que ocurre es que para ellos el único valor que cuenta, el que se antepone a todos, es el mantenimiento de la vida orgánica, biológica, AL PRECIO QUE SEA y cualesquiera que sean las indignidades a las que toque someterse. Ya lo decían con toda claridad hace algunos años: "«Antes rojos que muertos!", gritaban aun sabiendo perfectamente que la "rojedad" implicaba ni más ni menos la muerte del alma. Ahora -y es una lástima- no se atreven a decir las cosas con tanta claridad, pero lo que piensan en realidad (o de lo contrario son tontos de remate) es: "«Antes sometidos a Hussein que muertos!"
Y qué queda entonces, para mí, de la no-violencia? Lo que siempre ha sido (piensa, por ejemplo, Roberto, en la interesante discusión mantenida en Agorà a raíz de los acontecimientos de Rumanía del año pasado), a saber: un principio extraordinariamente válido, pero un principio que para mí nunca ha sido absoluto. Un principio, pues, que tiene sus límites, sus casos extremos (1939, 1991...) en los que, seguirlo, equivaldría a fomentar el reino de la violencia absoluta.