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L'Abbate Cinzia - 15 giugno 1994
BUDA, VIDA Y OBRA

"LA PRENSA" - Lunes 6 de junio de 1994 - Buenos Aires (Argentina)

Por el Dalai Lama

El actual y décimo cuarto Dalai Lama nació en 1953 y fue reconocido, dos años más tarde, como la reencarnación del maestro del budismo. Desde la anexión del Tibet a China vive en el exilio alentando las reivindicaciones independentistas de su pueblo, lucha por la que recibió el Premio Nobel de la Paz. En este agudo artículo, que por autorización del ABC de Madrid reproducimos, el autor realiza un análisis crítico de la reciente película de Bernardo Bertolucci Pequeño Buda y su repercusión en la cultura occidental.

No sé si sería oportuno afirmar que Occidente necesita una película como Pequeño Buda; a un sabiendo que el cine es un medio de comunicación poderosísimo en la sociedad contemporánea y que, a través de él, uno se puede acercar a millones de seres en todo el mundo. La película de Bertolucci contribuirá a que quienes la vean se formen una idea de Buda. Aunque, como monje budista, creo que ningún actor puede hacer plena justicia a la vida de Buda, esta película puede, no obstante, tener un efecto positivo. Yo recibí este tipo de estímulo viendo un día una película sobre Jesús, que me aportó una idea, una imagen, más viva de su vida y de su obra. Mi comprensión de sus enseñanzas se vió enriquecida gracias a ella.

Así que espero que Pequeño Buda ejerza una influencia similar sobre la gentes. Porque el espíritu profundo, la armonía y la coexistencia entre las diferentes tradiciones religiosas del mundo son hoy, a mi parecer, muy urgentes.

Y, para ello, hay que pasar por una primera etapa consistente en desarrollar una comprensión mutua a través de películas como esta, pero también mediante los contactos entre las distintas religiones. De tal forma, espero que la manifestaciones artísticas de este tipo contribuyan al entendimiento de las enseñanzas budistas, en la mente de quienes practican culturas y religiones de horizontes diferentes.

Por ejemplo, en esta obra cinematográfica se desarrollan algunas escenas que relatan los primeros años de la vida de Siddharta, hasta el momento de su iluminación. Para los budistas, esta vida es la viva imagen de la espiritualidad. El encuentro de Siddharta con el dolor y su búsqueda de la verdad simbolizan la posibilidad de una liberación a través del sufrimiento. En otras palabras, su trayectoria representa la esencia de las enseñanzas budistas basadas en cuatro nobles vedades: el sufrimiento, la causa primera del mismo, su fin y la posibilidad de encontrar el camino que nos libere de él. A través de la vida de Siddharta descrita en la película, aprendemos trambién que la instrucción y la libertad espiritual se obtienen mediante la perseverancia.

En Pequeño Buda, aparece también un niño occidental que es reconocido como la reencarnación de un lama. Conviene saber que, en el budismo tibetano, existen dos ideas principales que rigen el reconocimiento de la reencarnación de los lamas. La primera es la doctrina budista de la reencarnación, según la cual, tras la muerte física la conciencia del individuo sigue existiendo. Además, el budismo mahayana, en el que se ilustra esta película, considera que los seres excepcionales que consagran su vida a los demás se rencorporan a esta tarea, a la que han sido iniciados en sus vidas anteriores. Por eso en Pequeño Buda no encontramos contradicción alguna por el hecho de que un lama tibetano se reencarna en un niño estadounidense, o vuelva a nacer en el seno de una familia occidental. Pero, en efecto, se han dado pocos casos como éste.

Quisiera hacer aquí un comentario más personal: no considero la reencarnación de los lamas como una institución primordial. Lo que en cambio, sí me parece esencial, es que las enseñanzas sean transmitidas por personas sinceras y calificadas. Si se concede excesivo énfasis al principio de estas reencarnaciones, si el título que se asocia con ellas adquiere mayor valor en términos de categoría social que en el de grado de espiritualidad, se convierte en un abuso. Para impedir esta clase de cosas que a veces suceden, he pedido que se establezca una distinción entre el tulku (la reencarnación), y el lama, que es un maestro espiritual.

En la actualidad, hay más de un centenar de tulkus. Si, como ocurre en la ficción de Bertolucci, la reencarnación sucede en un niño occidental, hay que respetar su cultura. En estos casos se plantea un peligro: someter al niño a un estado de condusión que puede perturbar su identidad. Es una responsabilidad que recae en la familia del niño, sea o no budista. Creo que los países occidentales deberían seguir siendo - y seguirán siendo - predominantemente cristianos. No obstante, al margen de la gran mayoría, puede que algunos occidentales encuentren en las religiones orientales, y concretamente en el budismo, una respuesta más adecuada a sus necesidades espirituales. Del mismo modo, en el antiguo Tibet, y aunque el país sea predominantemente budista, hubo miles de hombres y mujeres que fueron musulmanes durante siglos o aun cristianos a principios de nuestra Era.

A este respecto, me gustaría repetir una vez más que es importante que la gente no decida cambiar de religión a la ligera ni de manera precipitada. No obstante, si, después de un prolongado período de estudio, alguien descubre una religión que se adapta mejor a su búsqueda espiritual y su carácter, debe tener derecho a profesarla. Pero, en este caso, es importante que ese individuo no ceda a sus inclinaciones humanas más naturales, ue le inducirán a criticar su antigua religión para justificar su nuevo compromiso. El que una religión no le convenga a él no quiere decir que no pueda convenir a otras personas.

Todo el mundo debe respetar el hecho de que la propia religión, aunque uno se aparte de sus dictados, sigue constituyendo el alimento espiritual de millones de personas. Sin duda, éstos son los razonamientos que mueven a los padres del niño de Pequeño Buda.

Me gustaría insistir también en el respeto que me merecen las personas, como Bernardo Bertolucci y otros, que han firmado el llamamiento del Comité de los Cien, apoyando la causa de mi pueblo. En este contexto, me alegra decir que estos amigos del espectáculo y de los círculos intelectuales han contribuido significativamente a difundir los problemas con los que tropieza el Tíbet y la necesidad de restablecer los derechos legítimos de los tibetanos. Siempre me siento agradecido cuando hay gente - famosa o no -, que manifiesta interés por nuestra lucha por la libertad.

 
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