Gianfranco DELL'ALBASUMARIO: La señora Thatcher no es la única que no quiere la Unión política europea. La primer ministro inglés por lo menos tiene el "mérito" de hablar claro. Los otros, la mayoría de los gobiernos europeos quiere la Unión europea sólo de boca para afuera. En los hechos queda reflejado el egoismo y los intereses de las burocracias nacionales que aprovechan la mínima ocasión para sembrar de obstáculos el camino que conduce a la construcción de los Estados Unidos de Europa. Sólo la opinión pública europea, que en su mayoría, incluso en Inglaterra, se manifiesta a favor de traspasar competencias a un gobierno europeo, y casi la totalidad de los miembros del Parlamento europeo, puede tener la fuerza de imponer la razonable opción de la unión política. Pero no tienen ni voz ni voto. Hay que devolvérselos, con referéndums, con poderes constituyentes y con los Estados generales europeos.
("Número único" para el XXXV Congreso del Partido radical - Budapest 22-26 abril 1989)
El líder político europeo que más se ocupa de Europa es sin lugar a dudas la Primer ministro de su majestad británica, Margaret Thatcher. Naturalmente, lo hace a su manera, sin perder la mínima ocasión para recalcar su convicción contraria a todo desarrollo supranacional de la Comunidad, a toda consolidación de los poderes del Parlamento europeo, a cualquier paso hacia adelante en la construcción de un proceso de integración política de los doce Estados miembros. Para Margaret Thatcher »Esta Europa no se debe crear .
Aislada en el Consejo de los jefes de Estado y de gobierno sobre la propuesta de instituir una comisión de expertos para estudiar la realización en breve de una unión monetaria y de un sólo banco central europeo, recibe y traga. Pero, enseguida se apresura a tachar de "ridícula" la idea, y añade que para crear un banco europeo haría falta en primer lugar disolver la Cámara de los Comunes. Los dos representantes británicos en la Comisión ejecutiva de Bruselas (un conservador y un laborista) son demasiado europeístas?, ni corta ni perezosa los despide y los sustituye con dos secuaces de la ortodoxia thatcheriana más dóciles. La mayoría de los diputados europeos de su partido firman una declaración solemne en pro de la convocatoria en 1989 de los »Estados Generales de Europa y la aceleración del proceso de unidad política?, ella contesta proponiendo un entendimiento más estrecho entre los gobiernos y la institución de un secretariado intergubernamental que despojaría a las instituciones comunitarias de toda
función.
Resumiendo, que el general De Gaulle ha encontrado un heredero digno precisamente en la persona de la Primer ministro de ese Reino Unido al que negó con desdén, en los años sesenta, la petición de ingreso en la Cee. Ningún otro estadista mejor que Margaret Thatcher interpreta y defiende la política de la »Europa de las patrias . Una política que está dispuesta a permitir sólo un gran mercado europeo, pero nada de reglas ni leyes, ni poderes comunes y supranacionales.
Esta política podrá gustar más o menos, pero al menos es una política que tiene el mérito de proclamar con claridad lo que quiere y de perseguirlo con coherencia. La Dama de hierro no se equivoca del todo al despreciar a los estadistas europeos que hablan de unidad europea pero se guardan muy bien de quererla realmente y de presentar una política igual de clara y coherente.
Los gobiernos alemán, francés, holandés, belga y español se pelean por proclamar la necesidad de crear Europa y de una mayor integración en primer lugar política, para después desmentir con los hechos todas estas declaraciones de voluntad. El presidente Miterrand se ha convertido un poco en el símbolo de este fenómeno que corre el riesgo de convertirse en "el europeísmo de las palabras". Durante las elecciones presidenciales contrapuso su europeísmo al nacionalismo de Chirac, proclamando. »La France est nôtre Patrie, l'Europe est nôtre avenir . Ahora su primer ministro, poco después de tomar cargo, ha pedido la revisión de las decisiones que se acababan de tomar en materia fiscal para la aplicación del Acta Unica adoptada por los 12 gobiernos.
Toda una serie de episodios análogos de este tipo de política contradictoria se han dado en los gobiernos de otros países, tanto si se trata de Kohl como de González, de los gobiernos de Bruselas o de la Haya, o del mismo gobierno italiano.
Este inmovilismo por parte de los gobiernos no sólo no encuentra oposición sino que lo favorecen y fomentan las grandes fuerzas políticas democristianas, socialistas y liberales que en el pasado, gracias a las convicciones de algunas grandes personalidades (Adenauer, De Gasperi, Schumann, Spaak, Monet, Mansholt, La Malfa, Einaudi) contribuyeron decisivamente a la puesta en marcha del proceso de integración comunitaria y a los Tratados de Roma. En la actualidad, las internacionales de los partidos cristianos y socialistas cuentan con una gestión burocrática que sofoca todo gran diseño político e idealista, y toda renovación europea. Las internacionales aparecen a remolque de una Europa de negocios, a la que le interesa única y exclusivamente la realización de un gran mercado continental sin reglas, una auténtica jungla del capitalismo contemporáneo que los Estados nacionales serían incapaces de gobernar, tal y como son incapaces de gobernar todos los grandes fenómenos - transnacionales y supranacionales - de
nuestro tiempo.
Obviamente, siguen existiendo en el seno de los partidos que forman parte de las internacionales democristiana, socialista y liberal tradiciones y orientaciones predominantes que siguen siendo federalistas y europeístas. Este es uno de los motivos por los que los gobiernos y las burocracias siguen rindiendo homenaje a una política de unidad europea cuando, en realidad, no hacen nada por conseguirla. Además, estas mayorías europeístas y federalistas se sofocan con políticas gubernativas concretas, como igualmente se frustran y se sofocan las aspiraciones de la opinión pública europea que en todo país de la Comunidad - incluso en los que pasan por ser los más anticomunitarios y antieuropeos - se expresa constantemente con sólidas mayorías a favor de un afianzamiento de las instituciones europeas. Resulta curioso que precisamente en Gran Bretaña los sondeos periódicos efectuados por el "Barómetro europeo" revelen que el 64% de los encuestados están a favor de transferir a un gobierno comunitario los asuntos de
seguridad y de defensa, el 62% los de la protección del medio ambiente, el 57% los del desarrollo de la investigación y de la tecnología, el 52% las relaciones internacionales, el 50% las inversiones destinadas a la cooperación y al desarrollo de los países del Tercer Mundo. Y todo ésto en el país de la señora Thatcher.
La única voz de esta opinión pública es el Parlamento europeo. Un Parlamento elegido directamente por los pueblos de los 12 países miembros, pero exento de poderes legislativos, de deliberación y de control. De este Parlamento surgió, al finalizar su primera legislatura, un proyecto de Tratado que hubiera representado un primer paso consistente hacia la unión política. Los gobiernos nacionales han paralizado ese proyecto. Ahora el Parlamento europeo se ha dirigido a los parlamentos nacionales para pedir la convocatoria de los Estados generales de Europa, una gran asamblea formada por el Parlamento europeo y los 12 parlamentos europeos. Si esta propuesta se aprobase, exactamente dos siglos después de la Revolución francesa, se podría poner en marcha en la tercera legislatura del Parlamento europeo, un estadio constituyente de la nueva Europa, con elección directa por parte de los Estados Generales de un Presidente del Consejo europeo de los jefes de Estado y de gobierno, la elección directa por primera vez de
l Presidente de la Comisión ejecutiva de la Cee y otorgar al P.E. poderes constituyentes de la unión política.
Pero no podemos contar con los gobiernos nacionales, ni con las burocracias de los partidos y de sus internacionales. De ellos provienen las mayores resistencias de los viejos intereses y de los viejos poderes. Sólo la opinión pública europea, solo las energías sobresalientes que tienen por objeto una Europa integrada, sólo los parlamentarios sin mediaciones burocráticas y gubernativas pueden dar a Europa lo que Europa necesita: su unidad. Hay que devolverle los poderes. Con los referéndums que llamen a los pueblos a las urnas para poder decidir en cada uno de los 12 países; con la atribución al Parlamento europeo de poderes constituyentes y con la convocatoria de los Estados generales de Europa.