Provocadora intervención de Pannella contra MaastrichtEstá muriendo la mismísima idea de una unión federalista
En los Balcanes no nos merecemos más que desprecio
Marco Pannella
SUMARIO: La Unión Europea cada vez es menos federalista y menos democrática, progresivamente va cobrando un carácter confederal y tecnocrático, no es ni tan siquiera un embrión de un Estado de derecho. La Europa de Luxemburgo y de Maastricht está muriendo en el mismísimo corazón de los europeos. Los pueblos de la Antigua Yugoslavia tienen derecho a maldecirla o a despreciarla. La necesaria, u oportuna, unidad monetaria, de hecho confiada al poder de los Bancos Centrales, en ausencia de un poder político e institucional federal y europeo, puede convertirse en fuente de desequilibrios e injusticias. Ha llegado el momento de reanudar un gran debate "nacional" sobre Europa y sobre nuestra política comunitaria e internacional al completo. Mientras tanto - por lo menos - comunicamos que a partir de ahora seremos deliberadamente - al igual que para el Acta Unica de Luxemburgo - los últimos en ratificar Maastricht. O, incluso, no hacerlo.
(IL GIORNO, 18 de agosto de 1992)
El "NO" danés a Maastricht se ha producido porque una parte marginal, pero consistente y determinante, de los federalistas y los demócratas de Dinamarca se ha pasado al campo contrario la ratificación. La Unión Europea es, de hecho, cada vez menos federalista, menos democrática, progresivamente va cobrando un carácter confederal y tecnocrático, no es ni tan siquiera un embrión de un estado de derecho. El mismísimo Parlamento Europeo ha acabado por convertirse en lo que los antieuropeístas y los antifederalistas querían: un aval y una justificación para las partitocracias y las burocracias nacionales e internacionales, y para la extensión del poder real de los grandes complejos militares e industriales, agrícolas y alimentarios, financieros en el mundo.
Es una derrota de los ideales federalistas y europeístas de los católico-demócratas y de los liberal-demócratas inspiradores y animadores de los Tratados de Roma, inscrita en el Acta Unica de Luxemburgo que supuso todo un terremoto a los esquemas de desarrollo institucional y democrático de aquellos Estados Unidos de Europa (Unión Europea) que el primer Parlamento Europeo elegido por sufragio universal, capitaneado por Altiero Spinelli, había propuesto y que en Italia había sido aprobado con plebiscito por el Parlamento y por un referéndum constitucional especial.
La catastrófica administración socialista de De Michelis (1) de nuestra política exterior adoleció, además, de la certidumbre y la aportación italiana para la construcción democrática europea, encauzada de mala gana hacia su tradicional inspiración, siendo el presidente del Consejo, Giulio Andreotti (2), quién se asumió la responsabilidad directa. La cerrazón nacionalista y provincial de la izquierda tanto gubernamental como de la oposición, cuyo internacionalismo no es, en la práctica, más que grotesca y cansina veleidad por no decir consciente desvergüenza; el miope y tradicional proteccionismo nacional (que se alia perfectamente con la anarcoide pseudo-cosmopolitismo de las clases dirigentes "confindustriales" (3)) de las más importantes empresas privadas y de algunas públicas; la nacionalización de sí mismos practicada por los sindicatos que hubiesen tenido que ser "demócratas de clase", y por lo tanto hallarse en el mismísimo corazón de la presión y de la construcción federal europea, todo ello ha const
ituido las verdaderas candilejas culturales de la involución, a pesar de que el Parlamento se pronunciase, casi al unísono, contrario. Hay que reconocerle el mérito.
La Europa de Luxemburgo y de Maastricht está muriendo en el mismísimo corazón de los europeos. Los pueblos de la Antigua Yugoslavia tienen todo el derecho a maldecirla o despreciarla, tal y como llegó a hacer la clase dirigente israelí y los intelectuales "liberals" de todo Oriente Medio, empezando por los iraníes y toda zona árabe, antes de su progresivo exterminio.
Objeto pasivo de la unificación alemana, de los grandes acontecimientos del centro y del este europeo, de la tragedia albanesa, de los resistibles ascensos de Sadam, de los varios Ghadafi y los Mitterrand y las Thatcher, los Kohl y los González, con Maastricht ha progresado en el efímero de las "concreciones" y ha regresado en la certidumbre política del derecho y de las instituciones democráticas. De la fórmula mitterrandiana: "Federación de los doce en el marco de una Confederación europea" ya no queda traza.
Así es como en el enfrentamiento actual en Francia entre los que apuestan por el "Sí" y los que apuestan por el "No" en el referéndum del 20 de septiembre, los argumentos de los unos y de los otros son, más o menos, casi todos hexagonales, en la sustancia, y de federalistas europeos poca traza queda.
La necesaria, u oportuna, unidad monetaria, en la práctica confiada al poder de los Bancos Centrales, en ausencia de un poder político e institucional federal y europeo, puede convertirse en fuente de desequilibrios e injusticias, de tensiones y conflictos de trágica incidencia en cada una de las realidades nacionales.
Lo que se prepara en diciembre, con el Consejo Europeo de Edimburgo, y el próximo mes de junio con el "danés", muy probablemente será un empeoramiento más de las perspectivas de la naturaleza del Tratado de Maastricht (que, lo digo a modo de inciso, ha hallado negociadores "italianos" irreflexivos y resignados). Italia, por una parte, los federalistas y los demócratas europeos ( existen todavía políticamente?), tienen que dar a entender que hemos llegado a la víspera de un punto sin retorno de nuestro disenso, de nuestra desconfianza. Nosotros tenemos que escoger Europa de nuevo y no seguir sufriendo una versión grotesca y con perspectivas de perder. Esto se aplica, asimismo, para el Parlamento Europeo que hallaría en el rechazo de aprobar el presupuesto de la Comunidad, hasta sus últimas consecuencias, su esperanza residua de credibilidad y de reimpulso.
Ha llegado el momento de reanudar un gran debate "nacional" sobre Europa y nuestra política comunitaria e internacional al completo. Mientras tanto - por lo menos comunicamos que a partir de ahora seremos deliberadamente - al igual que para el Acta Unica de Luxemburgo - los últimos en ratificar Maastricht. O, incluso, no hacerlo. Empezamos a preparar, desde ahora y sin perder tiempo, una aportación a la Presidencia belga (junio-diciembre de 1993) para intentar hacer hincapié en una alternativa política federalista, institucional y política, tal y como el Partido Radical está intentando hacer a nivel de luchas y de instrumentos militantes en toda Europa.
N.d.T.
(1) DE MICHELIS GIANNI . (Venecia 1940). Político italiano. Socialista, en un principio de la corriente de izquierda, posteriormente en el gobierno incluso como Ministro de Asuntos Exteriores. Goza de gran influencia en Venecia, su ciudad natal, que esponsorizó como sede de una gran "Expo" internacional. Promotor de la concepción de bienes culturales como "mina" valorizable intensamente a nivel económico.
(2) ANDREOTTI GIULIO . (Roma, 1919) Exponente de la Democracia Cristiana. Secretario de A. De Gasperi, empezó muy temprano como Subsecretario de la Presidencia del Consejo, una ininterrumpida carrera ministerial: ministro del interior (1954), de hacienda (1955-58), del tesoro (1958-59), de defensa (1959-66) y 1974), de la industria ((1966-68), del presupuesto del Estado (1974-76). Presidente del consejo italiano del 1972 al 1973, del 1976 al 1979, y en 1990.
(3) CONFINDUSTRIA . Confederación general de la industria italiana, organización sindical de los industriales italianos, fundada en 1919.