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Agora' Agora - 18 marzo 1992
RATIFICAMOS MAASTRICHT O NO?

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Adelaide Aglietta, miembro del Partido Radical desde hace veinte años, secretaria del Partido en 1977, diputada del Parlamento italiano en repetidas ocasiones, actualmente co-presidenta del Grupo Verde del Parlamento europeo.

Gianfranco Dell'Alba, miembro del Consejo federal del PR, es actualmente secretario general del grupo Verde del Parlamento europeo.

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El 7 de febrero pasado, fue firmado en Maastricht el "Tratado sobre la Unión europea", resultado de dos años e trabajo y de mediaciones entre los 12 gobiernos de la Comunidad europea. Iniciará así el itinerario de las distintas ratificaciones de los parlamentos nacionales, flanqueadas en algunos países por el recurso a los referéndums populares. El Parlamento europeo, por su parte deberá expresarse en el mes de abril sobre los contenidos del acuerdo realizado por los jefes de Estado y de Gobierno.

Un impacto mediado, sabiamente orquestado por los gobiernos

El impacto mediado, sabiamente canalizado y orquestado por los gobiernos, ya ha sido y será un elemento determinante en la decisión de los Parlamentos, que se anuncia como algo descontado y que marginará como antieuropeístas a aquellos (tanto si son personas como fuerzas políticas) en los que predomine una evaluación negativa de los resultados de ambas conferencias.

No ratificar?

Querríamos realizar algunas reflexiones que a nuestro parecer podrían apoyar una decisión de no ratificar, decisión que abriría el camino a una crisis comunitaria, anticiparía inmediatamente la nueva convocatoria de una sede intergubernamental habilitada para dar las respuestas que no se han dado en Maastricht, tal y como demuestra la voluntad manifestada de celebrar una nueva conferencia en 1996 y desde luego anticiparía los tiempos y las contradicciones para quienes creen realmente en una vía federal aunque sea por pasos pequeños y quienes se "mofan" sin pudor alguno aplazando sine die las auténticas decisiones políticas.

Una ulterior ampliación del déficit democrático

Antes de llegar a las dos preguntas centrales a las que tenemos que responder para poder evaluar como corresponde los resultados de Maastricht, queremos enumerar los límites más graves del nuevo tratado: la fragmentación de la dimensión unitaria de la arquitectura europea, la superposición de los papeles y de las funciones de las distintas instituciones, la consiguiente multiplicación de los procedimientos decisionales y la previsible rugosidad de las decisiones, el carácter equívoco de la adquisición de las nuevas competencias que en su mayoría siguen estando vinculadas a la cooperación intergubernamental, la consiguiente y ulterior ampliación del déficit democrático no sólo para los poderes y las competencias no dadas al P.E. sino por los restados a los parlamentos nacionales.

He aquí las dos preguntas:

1) estamos recorriendo todavía el camino de una federación democrática de estados y regiones o hemos cambiado de objetivo?.

2) si hemos cambiado de objetivo, cuáles son las implicaciones en le proceso de integración comunitaria y cuáles en el proceso de ampliación de la comunidad?.

Creemos que en Maastricht se ha producido un viraje muy acentuado hacia una dimensión intergubernamental de la política europea; creemos que este viraje no es solo totalmente inadecuado para dar respuestas supranacionales eficaces y a su justo momento a los desarrollos que tenemos que afrontar en nuestra época, en nuestro continente y en el mundo, pero que ponga de manifiesto un predominio peligroso de intereses nacionales con respecto al proyecto original y que por consiguiente abra una fase de resquebrajamiento de la Comunidad.

Por encima de las afirmaciones de principio y de las cosas positivas que existen en el tratado de Maastricht, consideramos que el carácter predominante están en el tratado de Maastricht, consideramos que predomina un cambio de rumbo con respecto al proyecto que hasta el momento presente había canalizado el proceso de integración europea y que basaba su fuerza en la voluntad de cesión de ámbitos de soberanía por parte de los Estados con el total respeto del principio de subsidiariedad y con una visión institucional unitaria.

Conservación

No creemos que todo ello sea fruto de la voluntad de sustituir el proyecto original con una visión confederal de Europa, sino la consecuencia del predominio en los Estados de la tendencia a conservar sus propios poderes, sus propios intereses, sus propias alianzas, sus propias particularidades otorgándoles prioridad con respecto a una visión realmente comunitaria y común de Europa.

En este contexto la ausencia de una salto hacia adelante significativo, que haga de Europa una unión política europea real representa objetivamente no sólo un freno en el proceso de integración, no sólo un grave atraso democrático de la Comunidad, sino una imposibilidad sustancial y formal de abrir el proceso de ampliación a los nuevos países que paulatinamente solicitan entrar en la comunidad. Dicho de otra manera, Maastricht da una respuesta negativa a aquellos países que confían a Europa sus esperanzas de progresar y no quedarse a secas en una situación a menudo dependiente o en cualquier caso marginal con respecto a la evolución intergubernamental de la Europa de los 12.

Maastricht: una potencialidad desestabilizadora para toda Europa

Esta es sin lugar a dudas la más grave consecuencia de Maastrich, cuya potencialidad desestabilizadora para toda Europa no puede ser ignorada.

He ahí por qué creemos que para evitar el estallido de nuevos dramas europeos es urgente afirmar de nuevo al voluntad de caminar rápidamente hacia una auténtica constitución que establezca definitivamente no sólo la vocación sino la realidad federal y democrática de Europa como condición necesaria para una Unión de los pueblos europeos abierta a aquellos países que, sin la casa europea en la que disolver sus fronteras y sus herencias conflictivas nacionales, étnicas, religiosas, se verán impulsados progresivamente hacia guerras fratricidas, que tal vez no podrán ahorrarse ni tan siquiera los actuales 12 países miembros.

En este sentido, es gravísima la culpa del gobierno italiano, vinculado "moralmente" por los resultados del referéndum consultivo celebrado en 1988 para atribir, precisamente, poderes constituyentes al Parlamento Europeo y por el contrario alineado en el frente más hostil de la evolución de la Comunidad en sentido federal. Ello gracias a la gestión de De Michelis tan blandamente obstaculizada por el presidente italiano, Giulio Andreotti, en total contraste con la línea mantenida a este respecto hasta hace pocos años.

Elaboración de un proyecto de Constitución

Desde luego, cabría imaginar que se está propiciando un aval "obtorto collo" a Maastricht, un compromiso solemne de los gobiernos para la elaboración de un proyecto de Constitución, por parte del Parlamento europeo, que se deberá debatir en 1996, cuando se reanuden los temas pendientes por la presente reforma. Se puede intentar, se puede tal vez llegar a una mediación con respecto a esta postura. Pero tememos que ello no sea más que la enésima admisión de impotencia ante una actitud de los gobiernos totalmente autónoma de cualquier pronunciación solemne o no de los parlamentos, europeo y nacionales.

Logrará alcanzar su objetivo un sí condicionado, sabiendo que los instrumentos de presión son irrisorios, o no sería necesario tal vez adoptar una oposición inmediata, sin ambigüedades, radical y federalista, que sin lugar a dudas corre el riesgo de ser paralela a los opositores de Maastricht por motivos nacionalistas, de seguridad u otros, pero tiene el mérito de la total claridad y coherencia con las batallas llevadas a cabo hasta el momento presente?

Apertura de una crisis

Estas son las preocupaciones que nos impulsan a decir que tal vez la no ratificación y la consiguiente apertura de una crisis de la Comunidad puede ser la decisión necesaria para interceptar una desviación de recorrido que pone en peligro el proyecto de construcción de una Europa democrática, abierta, solidaria, sujeto político capaz de contribuir a resolver los grandes dramas de nuestra época.

No tenemos certezas absolutas, pero querríamos que estas reflexiones, que no sólo son las nuestras, fuesen alejadas de un conformismo que está creciendo y que asigna, por encima del análisis de los contenidos, fuerza de verdad absoluta a la imagen proyectada por los medios de comunicación de masas.

Las incoherencias que se están multiplicando a lo largo de estos días y que se basan, en la mayor parte de los casos, en el miedo a quedarse fuera de la historia (en este caso la historia de los gobiernos) debería preocupar no sólo a los federalistas convencidos, sino a todos aquellos ciudadanos que creen en la democracia.

 
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