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Montero Rosa, Pannella Marco - 11 settembre 1988
EL FUEGO DEL GUERRERO
Entrevista a Marco Pannella de Rosa Montero

SUMARIO: Viaje de Rosa Montero al mundo de Marco Pannella a través de su figura humana y política. A lo largo de la entrevista transcurrida una tórrida tarde de verano en Madrid, se va desgajando la personalidad del líder de los radicales que habla indistintamente de él y del Partido, de sus luchas, sus batallas, sus logros, y sus incomprensiones. Pannella habla "con su verbo infinito y saltando locamente de un tema a otro" sobre la huelga de hambre, la no violencia, el derecho a la vida y la vida del derecho, la desinformación reinante en los medios de comunicación, habla de Gandhi, del divorcio, del aborto, de su vida ajetreada, su concepción del amor, de la última vez que lloró, de los atardeceres... el que contempló en París, los de la vida, los del Partido radical. El "milagro radical", su honestidad intelectual, la transnacionalidad, su lucha constante, sus ideas sobre hacer el amor a los 70 años, sobre los personajes de Diálogo de Carmelitas, su manera de entender el miedo. Pannella cuenta de la vida

"franciscana" de los radicales que no aman las glorias del poder. Y Rosa Montero concluye: "No sé si es un hombre demasiado avanzado para su tiempo o demasiado antiguo". Con su corbata, "una atrocidad llena de flores" que en este "guerrero" incansable contrasta con la seriedad de su traje azul de magistrado, Pannella es el líder de un grupo muy pequeño, los radicales, que ha conseguido ejercer una influencia social enorme y que es "la conciencia pública" de Italia.

("EL PAIS", suplemento dominical del 11 de septiembre de 1988)

Es el líder de los radicales italianos y lo ha sido durante casi 40 años. Varias veces diputado del Parlamento Europeo y del italiano, Pannella es un personaje singular que tan pronto hace una huelga de hambre que le lleva a las puertas de las muerte como amenaza con desatar terribles lluvias sobre un desfile militar. Lluvias que de hecho cayeron en el día señalado. Racionalista, legalista, humanista, no violento y laico, Marco Pannella, que en estos días visita España, es uno de los políticos más originales de la Europa de hoy.

Tiene casi 60 años, un corpachón de luchador grecorromano algo espesado en la línea de proa y una cabellera de blancura llameante que se ciñe a sus sienes con la suntuosidad de una corona. Porque Marco Pannella tiene algo de regio y de magnífico, una imponente presencia de patricio, con una exquisitez natural continuamente traicionada por su exceso, por su originalidad, por su transgresión perpetua de los límites. Jamás busca alivio en un tópico, nunca se cobija en frases hechas. La contumacia de su vigilancia intelectual produce vértigo.

Ese es, precisamente, el territorio de su lucha. Porque Marco Pannella es un guerrero. Pero un guerrero de la no violencia, cuya arma principal son las palabras. Ya lo decía, hace ocho años, en la anterior entrevista que le hice:

- Es necesario reapropiarse de la palabra, hay que buscar la precisión en el lenguaje. La única lucha que conozco que valga realmente la pena es el diálogo. Creo que fue Silone quien dijo que la victoria de la sociedad totalitaria comenzó el día que un hombre cansado que viajaba en un tren se encontró con otro individuo que charloteaba incesantemente diciendo inmensas tonterías. Entonces nuestro hombre le dijo que sí, le dio la razón sólo para quitárselo de encima, y ahí comenzó la rendición a la violencia. Porque debería haberle dicho: "No quiero hablar", o bien: "No estoy de acuerdo".

El, desde luego, se pelea en todos y en cada uno de los trenes, llega hasta el final de los conceptos, se aferra como un perro de presa a las ideas. Y como es un guerrero veterano, ducho en las artes marciales del diálogo, su discurso resulta abrumador, torrencial e imparable. Aquí estamos, en un atardecer de verano madrileño, trepados a la solitaria azotea de un hotel de muchos pisos, con un mar de rascacielos alrededor. Hay una pequeña piscina, mucho cemento y una desolación de islote urbano batido por los vientos. Y Pannella, repantigado en una endeble silla playera, se aplica en enterrarme bajo el aluvión de sus palabras.

Hace ocho años, cuando la anterior entrevista, Pannella estaba en la cúspide de su popularidad. De entonces acá, su estrella pública ha declinado un tanto. Corren tiempos duros, y además el mundo nunca ha apreciado a las Casandreas, a aquellas voces que denuncian lo que nadie quiere oír: "Aunque en realidad los radicales no somos como Casandra, porque ella se limitaba a anunciar las catástrofes y no hacía nada, mientras que nosotros, además, actuamos".

Hace ocho años, en fin, el Partido Radical era una fuerza en alza, y hoy parece sostenerse de la nada, bordeando siempre el peligro de disolverse: "Vivimos desde hace 10 años un milagro laico y continuo". El milagro de seguir siendo y existiendo.

"Yo casi nunca hago balance" empieza diciendo Pannella. Pero después se engolfa en una minuciosa explicación de los últimos años radicales, de las luchas, de los triunfos y de las derrotas. Y cuenta cómo ya en 1973 él decía que el partido dependía "de un contrato anual que nosotros hacíamos, y que debíamos tener cuidado para no seguir viviendo tan sólo por la inercia de haber vivido". De hecho, el Radical es el único partido que conozco que haya planteado su autodisolución al menos un par de veces. La primera fue en los setenta, "y por entonces éramos 250 afiliados, y teníamos una sede, teléfonos, un pequeño periódico...". Y llevaban muchos años batallando en los márgenes de la sociedad, en los límites de su rincón minúsculo. "Entonces dije: "Bueno, si terminamos con el partido, qué puede ocurrir?". Y nos dimos cuenta de que era mucho más difícil cerrar no por haber llegado a la bancarrota, sino por propia voluntad. Es como en las relaciones de pareja: el saber decir en un determinado momento, con amor y po

r amor, que vivir juntos ya no es lo adecuado y el tener la fuerza necesaria para llevar eso a la práctica conservando una verdadera relación de amor y de amistad, es siempre muy difícil. De modo que acordamos que si no alcanzábamos la cifra de 1.000 afiliados en los 10 meses siguientes, para el próximo congreso, sería preciso que cerrásemos".

Buscaban "el dinero, la experiencia, la voluntad y la inteligencia de esas 750 personas que faltaban hasta los 1.000, que era una cifra convencional para seguir marchando. Y durante meses escribieron cartas, inundaron el mundo de palabras, explicaron su historia. Cuando llegó el congreso, en octubre, eran 680. "El congreso se abrió a las nueve y media de la mañana y a poco comenzaron a llegar los telegramas, personas.... A los congresos asistíamos normalmente unas 100 personas, pero pronto éramos ya 400 y no cabíamos. A mediodía éramos ya 1.230 afiliados, y lo más increíble era que no se trataba de gente radical, eran personas que en cierto modo estaban en contra de nuestras ideas... Gente joven, liberale, algunos sesentaiochistas, personas violentas que elegirían la violencia...". Todos aquellos que, aun no siendo estrictamente radicales, consideraban que el partido tenía que continuar existiendo.

Una historia que se repitió en 1986 cuando el partido volvió a plantearse su autodisolución. Por entonces eran un par de miles de afiliados, y la cota a alcanzar se cifró en 10.000 personas y en las transnacionalización de los radicales para que brotaran en todas partes como germen de los Estados Unidos de Europa. Y consiguieron sus objetivos nuevamente. Ahora son más de 10.000. Se han apuntado actores como Tognaci, intelectuales como Ionesco. Pero el equilibrio, bien lo sabe Pannella, es muy precario: " Cuántos somos ahora, 10.000, 11.000? No, somos 2.000 del antiguo partido y 8.000 más que se han apuntado tan sólo para que el partido continúe siendo lo que siempre ha sido. No les cabía en la cabeza que el viejo árbol radical pudiese ser arrancado". Es una batalla fatigosa, interminable: "Estoy seguro de que si no hay otro milagro en el partido morirá. Cada vez es más difícil".

Lleva este hombre casi 40 años siendo el alma de los radicales italianos; desde luego, una fuerza política única en el mundo. Apenas son un puñado. Pero poseen un tesón especial y unos métodos de lucha diferentes que pasan por las famosas huelgas de hambre que han puesto a Pannella al borde del colapso de las constantes vitales. Así, dejándose el pellejo en el empeño, este grupo minúsculo ha conseguido ejercer una influencia social comparativamente enorme. Ellos abrieron los pisquiátricos; suyas son las victorias del divorcio y del aborto. Son una especie de conciencia pública, una voz discordante, inquieta y turbadora.

Pero las contradicciones están ahí. Pannella enumera los problemas con su voz vibrante en este atardecer absurdo en la azotea ventosa. va vestido como un magistrado, con un imponente traje azul marino, pero la camisa posee unas insospechadas rayas verdes y la corbata es una atrocidad llena de flores. Así, con tan ecléctico atavío, y acomodando su corpachón a la sillita falsamente playera, Pannella va explicando los peligros. Porque la marginación es la inoperancia y la integración es peligrosísima: "Ya lo dije en 1979, tres años después de que entráramos en el Parlamento. Dije: "Hemos cambiado". Cambiamos nosotros y cambian las circunstancias, y las gentes que vinieron a nosotros hace 20 años ahora no vendrían. Vendrían otros, muchos otros pero no por las mismas razones".

Si los radicales no crecen, morirán. Pero si crecen, quizá también desaparezcan. "Hoy sé que mis camaradas piensan de forma muy diferente a la mía, estamos en los extremos. Los que llegaron al partido con 18 años, porque este representaba ciertas cosas, tienen hoy, cumplidos ya los 30, una concepción del mundo completamente distinta. En estos 12 años han elegido casarse de un modo u otro...

Y hoy representan en la vida algo completamente diferente. Ellos lo niegan. Pero yo tengo esa convicción y sé que no podremos ir mucho tiempo juntos...". Y más adelante también dice: "Un partido como el nuestro tiene demasiadas esperanzas, demasiadas posibilidades, estamos a punto de conseguir demasiadas cosas.... Y al mismo tiempo también es cierto que, con el sistema de mass-media imperante, la gente no tiene oportunidad de conocernos para poder elegir. Porque esta sociedad es cada vez más una sociedad de información y no de conocimiento".

Se debaten ahí, en la franja casi de lo subliminal, intentando que llegue su mensaje a las gentes, reivindicando el derecho a su propia imagen. Porque Pannella, que ama los juegos de palabras ("aunque no son simples juegos de palabras, es algo mucho más profundo") , explica que el Radical "es el partido por el derecho de vida y la vida del derecho". Y que el problema fundamental de nuestro tiempo es que no vivimos en una sociedad de derecho: "Hemos intentado demostrar que no aceptábamos vivir según un derecho mutilado". Ama Pannella la ley, o, como él dice, la regla con un inmenso amor intelectual. En esto es como el antiguo tribuno romano que dedica su vida a la forma política, al debate en el ágora y la gestión de la res pública. A sus espaldas tiene 2.000 años de pedigrí parlamentario. Pannella no podría ser sino italiano.

"Los radicales nunca hemos aceptado un solo puesto en los consejos de administración, en los consejos municipales... Vivimos de forma muy franciscana. Llevamos a cabo grandes batallas, y somos el blanco de todos los demás políticos y, aparentemente, también del Estado. Se nos acusa de las cosas más indignas, de las peores cosas, de las más imposibles. Y nos sentimos desarmados, desalentados, al comprobar cómo, por suerte o por desgracia, la realidad va cumpliendo todas las cosas que habíamos previsto y analizado desde hace años. Mire, llevo 40 años de vida en un partido que tras tanto tiempo apenas si posee afiliados. Un partido que encuentra muchas dificultades en expresarse a través de los medios de comunicación. Hemos hecho muchas cosas, sí, y es apasionante lo que representamos.... Pero con todo ello son los otros los que ganan, son los otros quienes reafirman su posición. Angustia pensar que si hubiéramos sabido construir un partido diferente, un partido más fuerte, el problema Norte-Sur, por ejemplo, h

abría podido resolverse. No estoy diciendo una locura, me siento convencido de ello; me baso para mi apreciación en datos concretos".

Comparado con la entrevista de hace ocho años, el Pannella de hoy está, si cabe, aún más hemorrágico y torrencial en su discurso. Como un motor excesivamente revolucionado al que temes ver humear en cualquier instante. Este texto, por tanto, no es más que una versión, una interpretación, un "digest" de su verbo infinito. Y mientras habla, saltando locamente de un rema a otro, apelotonando las palabras, sufro pensando en el extenuante trabajo de transcripción que me espera. Porque su voz va cayendo sobre la cinta de la grabadora como una guillotina.

" Irme del partido? He llegado a pensar en ello... Pero el problema es que estas cosas luego adquieren un sentido diferente. Se trata, una vez más, de la diferencia entre la imagen y la identidad. Porque la separación entre la imagen y la identidad es cada vez mayor. Hablo de la imagen del partido, de la mía propia. A veces las imágenes son incluso más bellas, pero no son ciertas. Mire hasta los italianos más inteligentes me dicen: "Debería empezar usted otra huelga de hambre". Y lo dicen riéndose. Porque se ha banalizado lo más hermoso, lo más dramático. Cuando nos encontramos en huelga de hambre, y llevamos ya muchas semanas, y los médicos informan de que estamos en terribles condiciones físicas, las televisiones ponen una foto nuestra tomada al menos un mes antes. Escogen la foto en la que nos encontramos más rozagantes, más sonrientes, con mejor aspecto. De modo que los médicos dicen que estamos a punto de morir, y la gente nos ve con esa cara estupenda y no se lo toma en serio. Y, sin embargo, podemos f

allecer realmente. Porque en esta sociedad en que vivimos el riesgo es precisamente la muerte, la violencia".

No crean, sin embargo que Pannella da muestras de desaliento o de fatiga ante la sombría situación que está trazando. En realidad parece ser incombustible. Posee el entusiasmo inagotable del místico o del demente, aunque él sea hombre que abomine lo irracional. La lógica es su droga, y de la razón saca su fuerza. Aunque su vida sea aparentemente una locura agotadora: "Sí, es una existencia muy agitada, pero depende de cómo se vivan las cosas. Es decir, distingamos entre la prisa y la urgencia. Por ejemplo, es urgente decir ciertas cosas, pero no hay que decirlas con apresuramiento. Mire, ayer a estas horas yo estaba en Catania. Tuve un pequeño accidente, me torcí el pie. Llegué a Roma con retraso, a eso de la medianoche, con el pie dolorido. La mujer con la que vivo desde hace 14 años y a la que no veía desde hace dos semanas me estaba esperando desde las nueve. Bueno, está ya acostumbrada. Y yo me encontraba fatal; desde hace algún tiempo me encuentro enfermo, no sé lo que tengo pero no estoy bien. Y lo más

duro fue poner el despertador a las cinco y cuarto para coger el avión a Madrid. Sí, mi vida es así; pero al mismo tiempo, las cuatro horas que pasé en casa han sido en cierto modo lentas, plenas. Lo mismo que en Catania. En medio del trabajo político, yo encontraba momentos de calma y de vida plena".

Con nosotros, a modo de convidado de piedra, está Gianfranco dell'Alba, un chico silencioso y amable que pertenece también al partido. Tiene 32 años y lleva media vida en los radicales; es por tanto uno de esos jóvenes colegas a los que Pannella se refiere cuando habla de esas nuevas generaciones que apenas tienen ya que ver con él. Y, de hecho, el viejo león se aplica sistemáticamente en maltratarle. Le pincha, le bromea, con un cariño afilado y zumbón, instándole a que hable, a que intervenga. Pero el chico, que parece tímido, se retrae aún más. En esto Pannella es como ese padre exuberante y arrollador que se empeña en que sus hijos sean exactamente como él ha sido. "El problema, en este caso, es que si buscaran en mí al padre correrían enseguida el riesgo del incesto. No es nuestra verdadera relación. Todo lo contrario, cada uno debe de ser singular, él mismo, diferente, si no no habría ni la relación de la vida ni la del diálogo", precisa.

Le digo a Pannella, en fin, que parece de hierro; que no se advierten en él debilidades, que es inhumano. "Oh, no, ni mucho menos. Mire, si pasa alguna vez por Roma, le puedo enseñar una grabación de un programa de televisión en donde estoy llorando. Estaba en una huelga de hambre, y mis primeras lágrimas fueron de sufrimiento. Pero entonces, al verme llorar, todos los periodistas bajaron las cámaras, no quisieron sacarme así. Y eso me pareció de una belleza tal que entonces lloré más, pero lloré de agradecimiento...". Pero todas esas lágrimas son hermosas, argumento yo. Me refería, le insisto, a las debilidades inconfesables, a las pequeñas indignidades que todos tenemos. "La cuestión es otra; la cuestión es qué hacer con nuestra suciedad. Por ejemplo, no hay existencia humana en la que la vida sexual, la vida sentimental, no haya sido frustrada de algún modo, y que, por tanto, no tenga una carga de suciedad, de tristeza, de vulgaridad. Porque un proyecto fallido es triste, es vulgar. Cuando Gandhi hace su

campaña por la no violencia, en la India se producen 30.000 muertos. Qué ha de hacer Gandhi entonces? Desesperar de la no violencia?, No, Gandhi asume que no ha sabido ser no violento, y reconoce su responsabilidad en la carnicería, una responsabilidad mayor incluso que la de los británicos. Sí, en la vida hay cosas innobles, y hay que asumirlas".

Cuenta Pannella que la última vez que lloró ("muy y muy mal") fue hace tres meses, "y fue en el momento en que comprendí que una relación interpersonal - un amor - estaba acabado, que tenía que superarse, y que al mismo tiempo y por las mismas razones podía suceder que el partido entero se extinguiera en el presente. Y digo que lloré muy poco y lloré muy mal porque probablemente me encuentro en un momento de mi existencia en el cual la integridad no es tan fuerte, y hay síntomas de resignación que no ayudan, precisamente, a que la felicidad y el dolor sean más limpios, más cristalinos". En realidad, lo que desconcierta de Pannella es su fuerza arrolladora, su ímpetu incansable, el fuego del guerrero.

Pero, bien mirado, no es un personaje lineal sino complejo e incluso ambiguo. Una ambigüedad presente ya en su físico, en esa gran cabeza a ratos serena y a ratos feroz, a medio camino entre el busto de mármol y una máscara torturada de actor trágico.

"No, no me preocupa el paso del tiempo. A mis amigos les digo que están envejeciendo, y les tomo el pelo porque en mi existencia conozco muy poco esa inquietud. En cierta ocasión, yo tendría 22 o 23 años, estaba en el Boulevard Saint-Michel de París, contemplando una puesta de sol que me pareció especialmente hermosa. Y me dije: 'Qué dulce es el atardecer, así debería ser el atardecer de la vida'. Lo tengo escrito. Y estoy convencido de que si hay una familia que sigue nuestro partido, la primera que nos entiende y que se afilia es la abuelita. Por inteligencia, por inocencia. Del mismo modo que en mis mítines digo, y llevo diciéndolo desde que tenía 25 años, que nada te impide hacer el amor a los 70, aunque claro está que a esa edad la posibilidad de morir es mayor. Siempre he dicho a mis amigos que hay que vivir como si la puerta se pudiera abrir en cualquier momento para dejar paso a la persona que más quieres o a la muerte. Es decir, hay que vivir a gusto cada minuto. Para mí el tiempo no es el tiempo qu

e pasa, que se pierde; puede ser, al contrario, el tiempo que concibe, el tiempo que aporta".

La tarde cae y el cielo a nuestro alrededor es un incendio. Menos dulce que aquel anochecer de París; más ventoso, más desolado, más violento. Contemplo a Pannella, último descendiente de una añeja estirpe de tribunos, y no acierto a decidir si es un hombre demasiado avanzado para su tiempo o demasiado antiguo; si pertenece a la Roma imperial o al próximo siglo. Con sus pros y sus contras, con sus sustancia única, Pannella es el exceso.

" Me pregunta usted si tengo miedo alguna vez? Mire, hay una serie de sentimientos, como el miedo o la angustia que non me son muy propios. Leo a algunos autores como Baudelaire, uno de mis favoritos, e intelectualmente lo entiendo, pero son cosas muy ajenas a mí. Hay momentos en los que me digo: 'Ahora quizá entiendo eso que llaman angustia o miedo...' Pero no sé, es difícil de explicar lo que es, porque por otra parte son conceptos que para mí tienen otro significado. Por ejemplo, yo no encuentro diferencia de calidad entre el valor y el miedo. En "Diálogo de Carmelitas" hay dos personajes. Uno, Blanca de la Fuerza, novicia en un convento y amenazada por la revolución, se encuentra aterrorizada por el miedo a no saber morir cristianamente. Pero luego está también la madre superiora, que la quiere mucho, que es una santa mujer y que le dice: "Tenemos que ser felices porque vamos a morir por Dios'. Luego lo que sucede es que la madre superiora muere gritando que no quiere morir y Blanda de la Fuerza muere d

e forma santa, casi feliz, resaltando que no se puede desear el martirio porque el precio del martirio, esto es, de la santidad, es la tortura intencionada, el asesinato. Quiero decir con esto que nunca he tenido miedo al miedo, porque para mí el miedo no es una cosa mala. Y quizá esa actitud me ayudó a no sentir miedo. Porque si el miedo es algo prohibido, si el miedo es malo, es más fácil experimentarlo. Yo no aprecio más a los fuertes que a los cobardes. Creo que el problema no está ahí, sino en lo que está detrás del valor, lo que está detrás del miedo.

 
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