Gianfranco SpadacciaSUMARIO: Es posible un partido transnacional? Sabemos que es dramáticamente necesario y urgente que se constituyan sujetos transnacionales capaces de afrontar y gobernar los grandes problemas de nuestro tiempo. Sabemos que los partidos y las instituciones nacionales son impotentes para dominar las grandes tragedias que nos amenazan. Sabemos que sólo el Partido radical, el partido de la no-violencia y de la tolerancia puede conseguirlo, puede abrir esta nueva frontera política. Es por ello que hemos decidido fundarnos de nuevo como partido transnacional. Pero también sabemos que no sabemos como vencer a la cultura de la resignación que se impone en todas partes. Es pues una locura? Si lo es, es una razonable locura que hay que contraponer con determinación y urgencia a las locas corduras de los señores de la guerra y del hambre, a las miopías de los señores del poder y de la política. Nos hemos tomado la tarea de intentar esta razonable locura. Necesitamos gente, muchos locos dispuestos a compartir con noso
tros este gran desafío.
("Número único" para el XXXV Congreso del Partido radical - Budapest 22-26 abril 1989)
Es posible un partido transnacional? El Partido radical que tras haber sido durante treinta años un partido predominantemente italiano, se ha planteado el difícil objetivo de convertirse en transnacional, responde que es dramáticamente necesario y urgente. Se trata de un objetivo difícil de conquistar pero tenemos que intentarlo.
El Partido radical es un pequeño partido al que todos - incluso los adversarios - reconocen el mérito de haber influido considerablemente en la política italiana, con sus batallas que han determinado grandes reformas civiles en un país que hasta hace poco era conocido por su conservadurismo de cariz clerical. Además de ser conocido por sus victorias sobre el divorcio, el aborto y la objeción de conciencia, obtenidas con las armas de la no violencia, de la democracia y de los referéndums populares, el Partido radical es conocido por haber fomentado en Italia y en Europa grandes iniciativas políticas internacionales. Es decir, la lucha a favor de los derechos humanos, contra el exterminio a causa del hambre, la miseria y el subdesarrollo en los países del tercer mundo; y las campañas antinucleares y ambientalistas. El Partido radical, aun actuando en Italia, nunca se ha definido como italiano, y nunca ha requerido la ciudadanía italiana como condición para afiliarse. Por ello siempre ha contado con un cierto n
úmero de militantes no italianos entre sus filas. Es más, en 1978 eligió como secretario al ciudadano francés, Jean Fabre que fue uno de los impulsores de la campaña de lucha contra el hambre en el mundo y que actualmente es funcionario de una importante agencia de las Naciones Unidas. Pero, por lo general, se trataba de europeos que trabajaban en Italia o que colaboraban con la representación electoral radical en el Parlamento Europeo. En cambio, ahora, el Partido radical ha decidido fundarse de nuevo apoyándose en una base asociativa difundida más allá de las fronteras nacionales.
Para hacerlo se ha inventado incluso una nueva palabra, prácticamente desconocida en el lenguaje no sólo político de varios países, se trata del término "transnacional", usado para designar a un partido y a una política capaces de atravesar las fronteras, las instituciones y los partidos nacionales. El término se contrapone al de uso corriente, la palabra internacional que designa las relaciones entre los Estados nacionales, y en lo que respecta a las organizaciones políticas (las internacionales de los partidos) las relaciones entre partidos nacionales separados entre sí, cada uno celoso de su propia autonomía nacional y de su soberanía.
Todo eso es inadecuado y corre el riesgo de ser considerablemente negativo y de lo más peligroso para la humanidad. Los grandes problemas de nuestra época son hoy por hoy problemas planetarios que atraviesan las fronteras nacionales y que no se pueden afrontar, y por lo tanto no se pueden gobernar, con los instrumentos de los Estados nacionales, con sus leyes, sus presupuestos y sus poderes. La humanidad se ha preocupado básicamente, desde que acabó la segunda guerra mundial, del riesgo de que se produjese un nuevo conflicto mundial que a causa de las bombas nucleares podía ser catastrófico para todo el planeta. Pero el riesgo de que se produzcan acontecimientos catastróficos se ha extendido más allá de la hipótesis de un conflicto mundial generalizado. Así se ha tenido conciencia de que, mientras que se ha logrado evitar el uso bélico de armas atómicas y su explosión, no se ha conseguido anular el riesgo de catástrofes nucleares que pueden derivar de centrales atómicas utilizadas para la producción de energ
ía. Y rápidamente se han multiplicado los daños producidos por tecnologías y procedimientos industriales cuyo impacto en el ecosistema no se había calculado.
Tanto si se trata del agujero en la capa de ozono como del efecto sierra, de la devastación forestal del planeta o de la desertización de zonas cada vez más vastas de territorio, de la contaminación de los mares y del aire; tanto si se trata de derechos humanos negados a gran parte de la humanidad o del derecho a la vida negado a los millones y millones de personas que mueren cada año por falta de alimentos y por enfermedades, y a los miles de millones de seres humanos que pasan hambre y miseria; tanto si se trata de la formación de megalópolis tumultuosas en Asia, en Africa o en America latina, o de la creciente emigración en Europa o en América del Norte de millones de personas expulsadas de sus países de origen por la falta de comida y de trabajo; tanto si se trata de guerras geográficamente limitadas alimentadas por la exportación de armas sofisticadísimas de los países industrializados o, en los países más ricos y desarrollados, de la difusión de la droga y de la criminalidad, es evidente que el derecho
, la política y las instituciones actuales son impotentes para dominar estos fenómenos, de manera que el mundo entero parece asistir paralizado a su desarrollo que puede determinar salidas catastróficas para toda la humanidad.
Por una parte se está difundiendo, y no sólo entre los intelectuales sino también entre la opinión pública, la conciencia de estos problemas, de su entidad, de su rápida evolución y de su peligro. Por otra parte, se sabe que existen los conocimientos y los medios necesarios para afrontar estos problemas y para gobernarlos en el interés de la humanidad en una época que, en menos de un siglo, ha asistido a la acumulación de conocimientos científicos superiores a los que se han dado a lo largo de la historia de la humanidad. Así pues, se trata de un problema de voluntad política, pero no sólo de voluntad política. Porque en el caso de que se manifestase, chocaría con la lentitud de los procedimientos internacionales, con la fragmentación de los poderes nacionales, con la multiplicidad de los interlocutores, con la resistencia de los intereses particulares que se pueden elaborar y camuflar mejor sirviéndose de estas dificultades.
De esta manera, la política entendida como capacidad de afrontar de forma eficaz y creativa los grandes problemas de nuestra época, no halla espacio. Hay que reconquistar el derecho a la política, hoy en día en que la polis es el mundo entero. Si no existe la posibilidad de poner en marcha el derecho a la vida, la amenaza se cierne precisamente sobre la vida del derecho. Es necesario afirmar un nuevo derecho transnacional y supranacional, que no anule las naciones sino que las supere.
Es el desafío que el Partido radical ha decidido lanzar. Un desafío aparentemente imposible y desproporcionado a sus fuerzas. El desafío de construir una fuerza política que reuna y organice ciudadanos de distintos países que quieran luchar juntos para conseguir objetivos comunes para transformar los programas en leyes y en derecho transnacional.
Existen, de hecho, movimientos culturales y sociales difundidos en Europa y en América - por ejemplo los movimientos ecologistas - que denuncian la degeneración del actual sistema económico e industrial, sus consecuencias y sus efectos en el medio ambiente. Pero no existe un sujeto político ni un proyecto capaces de plantearse y conseguir objetivos políticos transnacionales, capaces de remediar los daños que se producen. Y las fuerzas políticas que son la expresión de estos movimientos, exentas de teoría y praxis política realmente alternativas, acaban siempre por adherirse a modelos políticos existentes, y por moverse y agotarse en los límites nacionales e internacionales.
En cambio, el Partido radical ha decidido fundarse de nuevo como Partido transnacional, crear una organización política común a cuantos quieren luchar juntos, allá donde sea necesario, en calidad de demócratas y de no violentos, en pro de la afirmación de los derechos humanos, de la solución de los grandes problemas ecológicos de nuestro tiempo, para combatir el exterminio causado por el hambre y el subdesarrollo en el tercer mundo; para combatir la droga y la criminalidad cortando de raíz los enormes beneficios que el prohibicionismo de las drogas ha asegurado a las organizaciones criminales, para favorecer y acelerar la unidad política (y no sólo económica) de Europa, y para hacer más fácil el derecho y las instituciones internacionales. Este partido no pretende entrar en competencia con los partidos nacionales. A él se pueden adherir comunistas, liberales, cristianos y socialistas que compartan la necesidad y la urgencia de realizar estos propósitos y estos objetivos, y constaten con nosotros la insuficie
ncia de sus respectivas organizaciones "internacionales". A él se pueden adherir los ecologistas que no se contenten con airear y denunciar los problemas sino que quieran organizar las acciones y los proyectos para resolverlos. Así mismo, se pueden adherir los federalistas y los europeístas que quieran ver realizadas sus aspiraciones en tiempos políticos y no históricos y, por lo tanto, en la generación actual. Los no violentos que no confundan la no violencia con la pasividad y los objetores de conciencia que no confundan la lucha por la paz con la neutralidad y la indiferencia para con los problemas de la libertad y de la democracia. Todos ellos encontrarán un partido laico, no un partido ideológico, al que adherirse que se basa en programas y objetivos de lucha política.