Giovanni NegriSUMARIO: El proceso de nacimiento de los Estados Unidos de América está estrecha e irreversiblemente vinculado a dos palabras: Constitución y Congreso. Para construir los Estados Unidos de Europa sólo una fuerte carga pionera, una voluntad tenaz de construir "aquí y ahora" todo lo que los adversarios dicen querer para el futuro pero tachan de "poco realista" hoy por hoy, puede nutrir el New Deal de una Europa democrática y de derecho. Así pues, es indispensable que exista un "partido del Congreso" capaz de pensar y de querer Europa.
("Número único" para el XXXV Congreso del Partido radical - Budapest 22-26 abril 1989)
El proceso de nacimiento de los Estados Unidos de América está estrechamente vinculado a dos palabras: Constitución y Congreso. Además, no es casualidad que la independencia de la India nos haga pensar no sólo en la figura de Gandhi sino en el Partido del Congreso, el movimiento de hombres y de ideas que lucharon tanto para obtener la liberación del juego colonial como por la creación de la nueva institución representativa de un pueblo que por fín se había emancipado.
He ahí lo que le ocurriría hoy a Europa. Antaño fragmentada por las dos potencias, hogaño condenada al declive si no consigue unirse. Tan a menudo considerada por los mismos europeos como la "Europa de los doce", estrictamente cerrada a la otra mitad del continente, o como mero espacio de mercado y teatro de maniobra económica, eso sí nunca como sujeto político nuevo e indispensable, Europa necesitaría profundamente la tensión, la creatividad de un "partido del Congreso" europeo. Partido que en nuestros días, por el momento, se calificaría como "partido democrático" sin más, ya que prescindiendo del gran patrimonio y de la indispensable salida federalista para los Estados Unidos de Europa de mañana, la cuestión europea se identifica actualmente con la moderna cuestión democrática. Dentro de algunos años, decisiones determinantes para el tipo de vida, actividad y trabajo de todo ciudadano europeo dejarán de ser competencia de los Parlamentos nacionales - que ya en la actualidad están siendo desprovistos progr
esivamente de sus poderes y competencias - y pasarán a una dimensión comunitaria exenta de instituciones democráticas, que no se podrán controlar de ninguna manera y que recaerán sobre millones de ciudadanos-electores europeos que sufrirán silenciosamente, en el bien y en el mal, decisiones y consecuencias. Es por ello que la gran división entre progresistas y conservadores, o mejor dicho, entre demócratas y autoritarios, será el centro de la atención entre el 89 y el 92. Por una parte, la pretensión de la libre circulación de bienes y capitales, sin reglas y en ausencia de cualquier institución política común; por otra, la batalla democrática y federalista para conquistar un auténtico Parlamento y un auténtico gobierno (que sea responsable) europeo.
Si este es el juego, es verdad que no se pueden hacer comparaciones históricas (y aún menos con la historia americana o de la India), pero también es verdad que sólo una fuerte carga pionera, una voluntad tenaz de construir "aquí y ahora" lo que todos los adversarios dicen querer para el futuro pero juzgan "poco realista" para el momento presente, puede alimentar el"New Deal" de una Europa de la democracia y el derecho, necesaria para la paz y para un mundo que ve como los valores de la civilización europea se van mermando hasta el punto de sufrir la amenaza en su propia patria.
Hoy por hoy no existe ese "partido del Congreso" capaz de actuar en Europa para pensar y querer Europa. Tal vez, ni tan siquiera existe el espíritu pionero de Spinelli, o de Adenauer, de De Gasperi o de Schuman, hombres que pensaron en europeo partiendo de los escombros bélicos de sus respectivos países. Habrá que inventarlos y, seguramente, no va a ser nada fácil; quizás ni tan siquiera posible. Pero lo que sí es cierto es que por lo menos se están delineando los rasgos de un "partido del Parlamento europeo", y los radicales pueden decir perfectamente que le han dado un impulso esencial. Cuando el Presidente de la Comisión europea, Delors, afirma que "Pannella ha sabido transformar el protagonismo personal en protagonismo de toda la asamblea" se está refiriendo a las deliberaciones de extraordinario valor político adoptadas por el Parlametno de Estrasburgo y acogidas por el Consejo y por los gobiernos nacionales con una hostilidad y un silencio escandalosos. Parece como si el Parlamento se hubiese maculado
con un crimen de lesa majestad en su intento de levantar la cabeza y contar realmente algo. El 16 de mayo, el 16 de junio y el 16 de septiembre de 1988, el Parlamento de Estrasburgo concibió "huevos de Colón", es decir, proyectos simples y fuertes que en su conjunto son un fresco de las primeras instituciones y de los nuevos derechos que hay que ganar a una perspectiva de democracia europea. Parlamentarios de todos los grupos y de distintas nacionalidades han dado vida a mayorías heterogéneas y por ello más significativas, unidos por objetivos que no son ni triviales ni demagógicos, y que nunca han contado con unanimidades dadas por descontado en el seno de la asamblea.
Qué habrá pedido el Parlamento europeo para suscitar una acogida tan glacial y muda en la cumbre de los jefes de Estado y de gobierno en Hannover y durante el periodo posterior? Pues simplemente que 1989 sea el año de la Reforma europea, del nacimiento de instituciones democráticas, sin las cuales el mítico plazo de 1992 está destinado a transformarse en un paso hacia atrás en vez de ser un paso hacia adelante en el camino de la integración político-económica.
El Parlamento europeo ha pedido que se le dote de las funciones y los poderes propios de un auténtico parlamento, y en especial, del mandato de preparar un nuevo tratado de unión europea. El Parlamento europeo ha tocado otro aspecto decisivo, ha hablado de un gobierno europeo, responsable ante el cuerpo legislativo. A ello se debe la segunda petición, es decir, la convocatoria de los "Estados Generales de Europa" en julio de 1989, para celebrar políticamente el bicentenario de la revolución francesa. Los parlamentarios europeos y los parlamentarios de los doce países miembros que actualmente componen la CEE, reunidos en Estados Generales, elegirían el presidente de la Comisión europea y el presidente del Consejo europeo, es decir, representantes del gobierno, los "portavoces" de Europa, uno con características de política interior más definidas, el otro más competente en política exterior comunitaria. Además, con otra declaración, el Parlamento ha pedido la convocatoria de un referéndum consultivo en los paí
ses de la CEE, paralelo al próximo plazo electoral de junio de 1989, para que millones de ciudadanos tengan la posibilidad de expresar su parecer sobre el nacimiento de los Estados Unidos de Europa y las consiguientes instituciones políticas comunes.
Con la última declaración aprobada, la asamblea de Estrasburgo reivindicó el derecho de electorado pasivo para todo ciudadano de la comunidad no sólo en el seno de su propio país sino también en los demás países. Se trata del derecho de un ciudadano danés o español de presentar su candidatura a elecciones europeas en países que no sean el suyo. Esta medida comportaría un inmediato salto cualitativo del proceso de unión política.
La opinión pública del continente, tanto en el Este como en el Oeste, no ha sido informada en ningún momento de estos actos políticos que el Parlamento europeo ha desarrollado. Los Estados nacionales, los aparatos de los grandes partidos, eurócratas y grandes potentados se han encargado de enviar a las urnas a los europeos con un gran desinterés y con mucha dosis de folclore y poca política para elegir por tercera vez consecutiva un Parlamento inútil que no tiene sentido ni desempeña papel alguno. Los juegos europeos, de colosal importancia, los quieren hacer después y sobre todo los quieren hacer sólos, sin tener que andar dando explicaciones a nadie.
Desconocemos el destino del partido transnacional sobre el que los radicales se han fundado este año. Gran parte de su futuro se halla en manos de los que reciben este periódico y tienen la posibilidad de documentarse. Lo que sí es verdad es que si algún futuro hay, durante los próximos meses deberá ser trabajar, dentro y fuera de las instituciones nacionales, para que este "partido del Congreso" europeo cobre forma. Sin éste, ningún partido nacional podrá afrontar sus propias responsabilidades, ninguna democracia europea podrá ver la luz (ni entre los doce ni en los demás países del continente que, empezando por Yugoslavia, lo están necesitando de verdad). Sin éste, cualquier esperanza federalista europea deberá ceder el paso a los patrones del vapor, antiguos o modernos. Ellos saben avanzar con el paso del tiempo.