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Gazzo Emanuele - 30 aprile 1992
LA COMUNIDAD EUROPEA Y LOS PAISES DE EUROPA CENTRAL Y DEL ESTE
de EMANUELE GAZZO

Director de la Agence Europe, Bruselas

SUMARIO: Documento sobre la Unión europea predispuesto para el 36 Congreso del Partido radical (Roma, Hotel Ergife, 30 de abril - 3 de mayo)

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Un desbarajuste es siempre un desbarajuste, aunque en un momento determinado nos demos cuenta de que su efecto global, su "globalidad" como se suele decir, tiene aspectos positivos. La dificultad consiste en seleccionarlos y depurarlos de los negativos. Un resultado puede ser fruto de la "política", en cuanto búsqueda de una organización de nuevos equilibrios. Si el caos fuese el estado ideal de la naturaleza, es más la esencia misma de la vida, la búsqueda de un cierto grado de organización no va totalmente en sentido opuesto, sino que contribuye a hacer que el cambio siga siendo cambio y evite que el caos perpetuo se convierta en una forma inédita de inmovilismo.

El mundo ha tenido la fortuna, a lo largo de los últimos años de entrar en ebullición, sin estallar, lo que demuestra que existía un sistema de válvulas de seguridad que han funcionado más o menos bien. La polvareda que ha suscitado la caída del muro de Berlín ha impedido durante algún tiempo ciertas cosas, pero ha dado ideas. A alguien, con un cierto despego de las cosas, ha sugerido que diese un paso más en el camino de la "globalización". De esta manera nació ( o tal vez se desempolvó solo?) y se desarrolló - en fuerza también de otros acontecimientos que tuvieron lugar posteriormente, aunque no por fuerza siguiendo la huella exacta de los demás - la idea de aprovechar la ocasión para instituir "finalmente" (en donde la raíz "fin" es muy significativa) un (nuevo) orden mundial, implícitamente unidireccional.

Los Europeos dan a esta palabra el significado convencional precisamente a los que se han provisto de una organización a la que han atribuido algunas competencias y poderes, y se han dado cuenta bastante rápidamente que con gran probabilidad el primero en picar el muro de Berlín fue Willy Brandt en 1970 con su "Ostpolitik" (el tratado germano-soviético, firmado en Berlín el 12 de agosto, y el tratado germano-polaco, firmado en Varsovia el 7 de diciembre). Mirando algo más en perspectiva, llama la atención que dichos acontecimientos se produjesen en el momento en el que, tras la caída de de Gaulle, la Europa de Monnet decidiese abrirle las puertas a los ingleses y a los países nórdicos, y de aprobar... la Unión económica y monetaria, pero también - veinte años después, cabe recordarlo - crear una "cooperación política" cuyo último fin era aplicar una "política exterior común", frase que sin embargo el representante de Italia en el Comité Davignon, el inolvidable Roberto Ducci, no logró introducir en el text

o. Se llegó a ello - casi - con el tratado firmado en Maastricht en febrero del pasado año.

La "Ostpolitik" fue mirada por aquel entonces con ojos sospechosos por parte de los partners de Alemania que hablaron de un temido regreso del espíritu de Rapallo (y alguien ha resucitado el espectro de este espíritu en estos días). En la Comunidad, pero como de costumbre especialmente en Francia, se preguntaron si acaso el viejo demonio de la hegemonía no estuviese influenciando el alma germánica y alguien escribió que "la Comunidad se estaba convirtiendo en un vestido demasiado estrecho para Alemania". Repito, estas cosas fueron dichas y escritas en 1971 y no en 1992. Objetivamente, Breznev halló la confirmación de su doctrina y demostró al mundo entero que la vía de la "distensión" no pasaba ni por Praga ni por Bucarest (esta última capital estaba por aquel entonces de moda), sino sólo por Moscú.

La "Ostpolitik", en cualquier caso, no le dio mucha suerte a Brandt, quién acabaría tristemente su presidencia con la acusación de haber criado cuervos para que le sacasen los ojos: el espía Guillaume. En compensación, de aquellos acontecimientos se desprendió generándose a trancas y barrancas el llamado proceso de Helsinki, la capital en la que nació, en julio de 1973, aquella "Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa", cuya sigla CSCE se ha convertido en una sigla de uso corriente que significa la existencia de un nuevo clima en las relaciones entre Este y Occidente. Y que consagró, al mismo tiempo, la presencia material en el continente de la Unión Soviética, la parte asiática inclusive, por un lado, y América del Norte, por otro.

En los años que siguieron, la Comunidad no se quedó de brazos cruzados con respecto a los países del este o, como se decía por aquel entonces, con los países del Comecón. Con gran coherencia y casi con testarudez insistió para que se mantuviese abierta una "doble opción" es decir, para que se estableciesen relaciones d carácter "informativo" entre ambas organizaciones, tan distintas, pero que se abriese el camino hacia las relaciones bilaterales entre, por una parte, cada uno de los países del Comecón y, por otra, la Comunidad como entidad única. El hecho de que Moscú aceptase al fin y al cabo esta doble opción fue todo un éxito "político", pero naturalmente, el campo de aplicación era y seguía siendo el de competencia comunitaria reconocida: básicamente relaciones "comerciales" subordinadamente relaciones "económicas".

Cuando, luego, la tierra empezó a temblar, muchos en la Comunidad se dieron cuenta de que había llegado el momento de la "política". Pero se sorprendieron de la rapidez con la que se produjeron los acontecimientos. Mitterrand, que por aquel entonces presidía el Consejo Europeo, convocó deprisa y corriendo una cena-cumbre en el Eliseo, el 18 de noviembre de 1989, pero no se puede afirmar que estuviese claro que el problema de la reunificación alemana iba a tener un desarrollo "controlado" por la mismísima Comunidad. De hecho fue un acontecimiento políticamente "sufrido" y esto es algo cuyo peso se siente todavía. La Comunidad no se quedó de brazos cruzados, que quede claro, pero se quedó muy sorprendida y con miedo de haberse convertido objetivamente en "el punto de referencia" al que apuntaban los países de Europa central y del Este. El Consejo Europeo de diciembre de 1989 aprobó una serie de declaraciones y de decisiones que "seguían" el movimiento, sin intentar precederlo, y, sobre todo, asociándose a inic

iativas a niveles intercontinentales. Lo que tal vez era inevitable. Hace falta un año prácticamente para asistir a la que fue una auténtica postura "política", tanto a través de acciones que no iban más allá de la esfera de estrecha competencia comunitaria. Fue de hecho en el Consejo Europeo de 1990 cuando, sobre todo debido a la insistencia de la Comisión europea, los Doce adoptaron medidas de carácter económico-asistencial, pero con el objetivo declarado de apoyar la política de Gorbachov en la medida en la que sus adversarios políticos (los "conservadores") intentaban que fracasase, organizando la penuria alimentaria en las grandes ciudades.

A continuación, nos preguntamos si el hecho de haber apoyado a Gorbachov fue un error de cálculo de la situación real existente por aquel entonces en la "Unión Soviética". El hecho de que los Doce compartiesen el parecer de que no se podía hacer otra cosa, colectivamente, sino seguir la línea minimalista, puesto que era imposible prever si el terremoto iba a manifestarse con otras sacudidas, dónde y con qué intensidades. Occidente no comprende lo que son las revoluciones y razona de forma clásica, y es por eso, según Walesa, que ha apoyado a Gorbachov incluso cuando éste estaba ya condenado. Pero el mismísimo Walesa deplora que los polacos hayan ido demasiado deprisa en el intento de "acercarse a Occidente" es decir de adoptar las formas más avanzadas del capitalismo, y ahora se hallan en una situación desastrosa, obligados a dar marcha atrás.

Es obvio, por otra parte, que la Comunidad no puede más que actuar en un marco global, intentando evidentemente privilegiar sus propias iniciativas, las que considera más útiles para los países de Europa central o del Este, pero también más coherentes con la línea de su propio desarrollo. En este sentido se introduce en la compleja evaluación de lo que podría ser una futura arquitectura de Europa, y de los protagonistas, o más bien, de los futuros inquilinos de la Casa de Europa. Por el momento hemos asistido a la creación de una abundancia de organismos, económico-financieros, políticos, político-policéntricos, militares, administrativos. Esta proliferación se ha producido paralelamente a la dilatación de los contenidos y de las competencias de las organizaciones ya existentes, y la creación en su seno o a latere de los comités, comisiones y subcomisiones, que se disputan las prioridades. Todo ello es tal vez inevitable, pero más bien lamentable. Sobre todo porque puede ser "fastidioso" a lo largo de una e

volución relativamente normal, pero no se sabe bien qué sucedería en caso de verdadera crisis. La verdad es que se intenta organizar "la transición", pero no se sabe bien hacia qué.

La Comisión europea tiene, la verdad sea dicha, las ideas bastante claras al respecto y esto es lógico porque una de las hipótesis que mucho gusta esgrimir a los que secretamente confían en que se hunda consiste en verla extenderse de Vancouver a Vladivostock. La Comisión está estudiando hipótesis cada vez más concretas. Una de estas consiste en instaurar un periodo de pausa para consolidar lo que ha sido decidido en Maastricht y que cabe reforzar. La Comunidad podría asimismo favorecer, aunque sólo a nivel de voluntariado, agrupaciones "naturales" o que respondan a decisiones ya experimentadas en su aplicación. Estas agrupaciones podrían cobrar formas análogas, cuando no idénticas, a las que la Comunidad ha decidido para sí misma. De ejemplo pasaría a ser "modelo". Se podría impulsar hacia fórmulas del tipo de los "vínculos personales", organizando la presencia de observadores de cada grupo en los organismos decisionales del otro grupo (o "juntos"). Se crearía de esta manera una ósmosis gradual que permi

tiría el cambio "dulce" y haría casi automático, en un momento determinado, la globalización, que no sería necesariamente la fusión en una mega-comunidad, sino esa "comunidad de comunidades", que respondería a las exigencias de coherencias y de diferenciación ineludibles entre los grandes elementos de la identidad europea.

La Comisión no se ha limitado en absoluto a reflexionar a corto y a largo plazo. Ha actuado desde el principio intentando ir más allá de los límites de sus competencias para estimular, movilizar y coordinar, privilegiando necesariamente el "primer auxilio" en campo alimentario, tecnológico, de asistencia a los managements. Ha sabiamente evitado pretender el papel de "pedagoga" y maestra de "democracia", y ha preferido ofrecer la lección de los hechos. Hechos que, tal y como ha reconocido el presidente Andriessen, la han obligado quizás a "volver a empezar de punto en blanco". Pero ha logrado que pasase el mensaje allá en donde podía ser recogido.

Tanto es así que precisamente en estos días, los tres países con los que la Comunidad ha concluido acuerdos de asociación, que comprenden también "consultas" a nivel político - es decir Polonia, Checoslovaquia y Hungría -, han aprendido la lección y han estrechado un acuerdo triangular de libre intercambio, que evolucionará en la próxima década hasta constituir un verdadero mercado común. Recorriendo de esta manera el camino que hizo en su día la Comunidad. Lo cual implica automáticamente una saludable "pausa" en la desenfrenada carrera a la adhesión, que no podía crear más que malentendidos.

Por lo que se refiere a las Repúblicas de la CEI, existe un problema político de prejuicios. Queda por comprender si la CEI pretende evolucionar - y evolucionar efectivamente - hacia un organismo encargado de gestionar la repartición de los papeles y los recursos, es decir de "liquidador", es decir un embrión destinado a dar nueva vida - bajo formas todavía desconocidas - a una entidad de dimensiones análogas a las de la extinta URSS. Sólo conociendo la respuesta, Occidente - o mejor dicho la Comunidad europea - puede decidir si ayudar o no a cada una de las repúblicas, es decir hacer que sea definitiva la división, o incentivar los esfuerzos unificadores (tal y como hizo el Plan Marshall y sus instrumentos o consecuencias, que fueron la OECE y posteriormente la Comunidad europea).

Ello no quiere decir que la Comunidad renuncie, en sus relaciones con los países de Europa central y del este a "definir y aplicar una política exterior y de seguridad común" (tal y como indica el art. J-1 del Tratado de Maastricht), es decir, en la práctica, contar con una Ostpolitik. Pero cabe ser realistas: por el momento la Comunidad, más que meterse en política exterior, balbucea. La prueba de ello es que esta semana los ministros de asuntos exteriores, que se reúnen en cónclave en Portugal, intentarán comprender qué cabe entender exactamente por "importantes intereses comunes", que tendrían que consentir decidir hipotéticas "acciones comunes". Estamos en la fase de la metodología de una aproximación gradual hacia una eventual política exterior común.

Cabe recordarlo aquí: era el punto de partida de las propuestas de reimpulso de la Unión política con las que el ministro de asuntos exteriores italiano, Saragat, intentó romper el hielo tras el desastre del plan Foochet, que de Gaulle quería imponer a la Europa de los Seis. Pero eso aconteció en octubre de 1964.

Abril de 1992 Emanuele Gazzo

 
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