Un "j'accuse" de la cultura serbiaBogdan Bogdanovic
SUMARIO: En pleno apogeo de la horrenda guerra civil yugoslava, un gran intelectual serbio, el arquitecto Bogdan Bogdanovic, ex alcalde de Belgrado, levanta de nuevo su voz valientemente para condenar sin indulgencias el régimen de Belgrado así como las agresiones militares serbias.
(Il Giornale dell'Arte - Roma - Junio de 1992)
Belgrado. La mayor parte de mis monumentos está dedicada a las víctimas del fascismo; son monumentos partisanos en memoria del sufrimiento. No son ni triunfalistas ni conmemorativos. Todos ellos están relacionados con el enigma de la muerte y la complejidad de nuestros sentimientos ante los acontecimientos de la historia. Qué compromiso hay entre mi obra y yo? He descubierto en ello algo que no es fácil admitir ni tan siquiera ante mi mismo: mis monumentos han anticipado, de alguna manera, el presente, conmemorando ese drama cercano pero presagiando que se podía repetir. Sobre todo con respecto a mis últimos dos monumentos: el de Vukovar y el de Cacak. Este último me ha causado gran número de problemas con la Asociación de los veteranos de guerra. No podían entenderlo. Se trataba de una alegoría: una casa atacada por demonios. Lo acabé en los ochenta cuando yo ya advertía que el fascismo podía volver. Al mirar el mausoleo de Cacak, con aquellos monstruos de granito que "muerden" la construcción, se advierte
la sensación de haber caído en la situación actual. No es un secreto que Milosevic, el primer ministro serbio, desde el punto de vista psicológico, es autodestructivo y tiene tendencias suicidas, el problema es que está arrastrando a todo el país en su locura suicida. No pretende dejar el escenario; si tuviese que irse, toda la nación serbia tendría, de alguna manera, que desaparecer.
Los jóvenes intelectuales y la capacidad de hacer algo....
El poder oculto de los dictadores no se basa en su inteligencia - a menudo son más bien limitados mentalmente y Milosevic, sin lugar a dudas, lo es - sino en la capacidad que poseen de arrastrar con sus ideas dementes a un gran número de personas, cuando no a enteras naciones. Hitler tenía los sesos de un mosquito, y sin embargo logró conducir a la gran y sabia Alemania al borde de la locura. Creo que en un cierto sentido, la nación serbia es víctima del sortilegio de la locura de Milosevic. Eso es cierto. En los cafés, por las calles, en las casas de Belgrado se oyen continuamente gritos que incitan al odio y a la guerra. Todo ello es fruto de una inducción oculta, así es como creo que lo definen en jerga psiquiátrica.
La gente joven, inteligente, se siente traicionada. En un primer momento creyó en todo ello. Por desgracia, el número de jóvenes que se salva es reducido. Se trata, sobre todo, de intelectuales que tenían por delante toda una carrera que ahora se les niega. Tienen capacidad de hacer algo, pero se sienten terriblemente oprimidos, paralizados, frustrados... Yo ya no me fío de la oposición. Tal y como se presenta en estos momentos, parece estar legitimando el poder de Milosevic. Aunque él no es el único responsable de la situación. En 1981, concedí una entrevista en la que atacaba muy duramente a la Academia serbia de Artes y Ciencia. No salí elegido por un solo voto. Sucede a menudo. Muchos miembros salen elegidos sólo a la segunda o tercera votación. Yo también hubiese podido esperar con paciencia a que me eligiesen a la siguiente ronda. Lule Isakovic me dijo en aquella ocasión, que si fulanito o menganito hubiese venido, yo hubiese salido elegido, y que a la votación siguiente todo iba a salir bien. Yo le co
ntesté a grito pelado, lo cual consternó a los que se hallaban presentes en el aula, que no iba a haber una próxima vez. Canallas más que canallas. Yo representaba otra manera de ser serbio, que no iba a cuadrar nunca con la suya, y ese edificio no me volvió a ver nunca más. Les dejé inmediatamente. Ahora me doy cuenta de que ya por aquel entonces yo advertía el problema. No podía soportar su manera de concebir la nación y sus valores, sobre todo por una cuestión de dignidad con respecto al país al que pertenezco. Ahora sabemos, más o menos, qué es lo que ha pasado. En 1986, se redactó ese miserable documento, miserable incluso desde el punto de vista filosófico, conocido como Memorándum; se trataba de la primera revisión sistemática de las fronteras de los asentamientos acontecidos en Yugoslavia con la guerra y abrió camino a la gran expansión serbia de 1987-91. Dicho Memorándum es un conjunto de principios económicos ya superados y de ideas sobre la Gran Serbia y sobre el Club Cultural serbio desempolvadas
desde la época prebélica. Eso es obvio. Desde luego, las coyuntura favorecía el ascenso al poder de Milosevic. Es, sin lugar a dudas, una persona malvada, pero mentalmente limitada. Sin embargo, precisamente porque lo es, se quedó muy impresionado con el documento de la Academia. Confiaba en utilizar los principios concebidos por mentes capacitadas. La verdad es que Milosevic no es más que el ejecutor burocrático de la terrible situación en la que nos hallamos, un mero Presidente del Consejo ejecutivo. Pero los verdaderos responsables de la ideología son los otros.
Un terrible malentendido
De hecho, Serbia ha perdido esta guerra. Cuando digo "esta guerra", no me refiero sólo a la guerra en curso, sino a todas nuestras guerras modernas y a toda nuestra historia moderna, desde que logramos la independencia de Turquía en 1819. Han transcurrido 170 años desde la proclamación del jerife Hatti. Durante ese largo periodo un Estado europeo como el serbio hubiese tenido que dar un salto de civismo, cultural y económico, mucho mayor. Actualmente nos hallamos al menos en las condiciones de Hungría y Checoslovaquia. En la base del nacionalismo serbio hay un sentimiento de frustración que lo explica todo: los distintos movimientos de los COMINTERNS y masónicos con sus tramas increíbles. Sin lugar a dudas, tienen la sensación de haber fracasado. El mapa de la destrucción se está ampliando cada vez más. La prensa de Belgrado, realmente deleznable e irresponsable, habla de todo ello como si se tratase de una especie de victoria. Escribe de avanzadas, liberaciones, etc, y la gente corriente, profundamente adoc
trinada, empieza a creer que los serbios están venciendo la guerra. Se trata de un terrible malentendido. En primer lugar, no pueden vencer por motivos político-militares, puesto que nadie con un mínimo de sensibilidad puede aceptar un cambio dictado por la fuerza a finales del siglo XX. Antes o después, aquellos que han conquistado posiciones tendrán que retirarse con la derrota debajo del brazo. En segundo lugar, esta guerra está perdida por otro motivo, aún más grave: está destruyendo la idea de que la guerra era la guerra y nosotros nos comportábamos dignamente. La guerra en la que estamos implicados en el momento presente no es una guerra "honrosa".
El Ejército combate simplemente por sus propios privilegios
Al diablo con esta guerra en la que los "defensores de los pueblos" atacan por doquier y los tanques llegan para defenderles y protegerles. Fatal, eso es fatal. Esos fanáticos, los serbios irregulares, combaten por motivos demenciales, en nombre de un nacionalismo desquiciado, morboso y fanático. En cambio, el ejército combate sencillamente por sus propios privilegios.
El otro día, la cabo de mucho tiempo, iba yo andando por Dedinje, un barrio de alto copete de Belgrado, y me di cuenta de que me había metido en una zona totalmente desconocida de la ciudad. Vi espacios iluminados, oí una música y tuve la sensación de hallarme en otro mundo, en alguna parte de Suiza. Había campos de tenis, jugaban los hijos de altos oficiales y generales. Era de noche. De golpe, comprendí que el Ejército, con los tanques enviados a ayudar a esos locos o, si queréis, a esa pobre gente que defienden en ese momento su derecho a existir, no estaba combatiendo por ninguna causa nacional o social. Simplemente estaba defendiendo los intereses de su propia "casta". Y la "casta" del ejército nos está de veras oprimiendo.
Hay guerras que son combatidas como "guerras de consumo" por ejemplo la del Líbano. Existe una industria armamentista internacional de envergadura, con sus propios diseñadores. Existe el mercado de las armas, el amor por las armas, la necesidad de armas como si fuese droga; se trata de un vínculo emotivo. De la misma manera que la gente se crea dependencias de otros bienes de consumo. En algunas partes del mundo esta concepción de consumo típica de los amantes de armas puede estallar inesperadamente. Es lo que ha sucedido en el Líbano lugar en el que se encuentra armamento ligero de poca monta, con sus comandantes y mercenarios, todos ellos comerciantes de armas. Las guerras sirven para eso, para alimentar el mercado armamentista.
Una guerra de todos contra todos
Esta es una guerra basada en las ideas, los ideales y las frustraciones de los viejos
Temo que esta guerra, iniciada por los motivos que anteriormente he mencionado, se está convirtiendo en una guerra como la del Líbano. El deseo, cada vez mayor, del individuo que, siguiendo las tentaciones del consumo, pretende pasar del fusil al Kalashnikov o al Thompson, ha hallado terreno fértil. La población de los Balcanes se ha convertido en arma-dependiente. Una actitud erótica con respecto a las armas. Cuando me uní a los Partisanos, lo que me llamó la atención, entre otras cosas, fue el continuo interés por las armas: limpiarlas, lubrificarlas y sacarles brillo constantemente. Tener limpio un fusil es totalmente comprensible, pero esa relación erótica con el mismo me confundía. Hasta dormían con los fusiles, abrazándolos.
En el dialecto de Belgrado, la palabra "fusil" se aplica a una mujer atractiva. Yo creo que un país que equipara a las mujeres con las armas es un país que depende de las mismas y que se trata de todo un caso clínico. Esto no sólo se aplica a los serbios, los croatas, los albaneses o los musulmanes. Sino que sirve para todas las poblaciones balcánicas. Si un día un mundo con más suerte asiste a la convivencia pacífica de esta región del mundo, cabrá desmilitarizar a los pequeños Estados balcánicos. «No más armas! Por el momento es una utopía, un sueño. Es del dominio público que esta es una guerra de viejos, basada en las ideas, en los ideales y en las frustraciones de los viejos. Me refiero a la zona de Belgrado, a los viejos de la Academia, quiénes querían llevar a cabo la historia serbia porque, según ellos, no había tenido una conclusión digna en 1981. Cuando esta ideología de los viejos empezó a impregnar la literatura, los escritos populares, y luego la prensa, sobre todo los periódicos y los medios de
comunicación de masas, influyó lentamente a la gente. Los jóvenes que han sido contagiados de la locura de la guerra de hecho son prisioneros de esta mentalidad de los viejos de los que se han quedado prendados. Lamentablemente, en la historia ha habido muchas guerras de viejos. Dudo que estos jóvenes, si hubiesen podido desarrollar su propia visión del mundo y su propio modo de concebir la historia nacional, hubiesen optado por este derramamiento de sangre. Los que toleran la vergüenza son los viejos, hombres que conocen la guerra. Los jóvenes, por el contrario, no la conocen, por ello a menudo son sus víctimas.
Temo que la fragmentación convierta a Yugoslavia en muchos estatitos ridículos, Hay un idiota que dice: "Yo, presidente de la Eslavonia oriental...."; yo también podría salir a la calle y decir: "Como Presidente de la República de Cubura, yo también pido la mitad de Cubura". Cubura es un barrio de Belgrado. Es una locura que me da pánico. Esta guerra cuenta con otro aspecto. ya he dicho que se trata de una guerra miserable, sucia, y sumamente cruel; y también es una guerra sin sentido. Muchos miembros de mi familia combatieron en la última guerra, pero al menos esa era una guerra "sera". Ahora nos hallamos ante una guerra sin un objetivo por parte serbia. Los croatas, por su parte, se están defendiendo y su objetivo, es por lo tanto evidente. Esta guerra, aparte de no tener sentido, es militarmente indefinida. El nivel de destrucción es elevado. Se ha convertido en una guerra de todos contra todos y es esto lo que hace que sea tan odiosa.