Emma BoninoSUMARIO: Anuncio de la conferencia mundial para la promoción del "Tribunal criminal internacional" que se celebrará en Siracusa en el próximo mes de diciembre. El Tribunal sería una especie de Nuremberg permanente pero no se limitaría a procesar a los criminales de guerra: tendría competencia sobre las agresiones de un Estado a otro, sobre el genocidio, el apartheid, la esclavitud, la tortura, la piratería, el secuestro, los crímenes contra el medio ambiente, el robo de material nuclear. "Los Estados ya no se verán obligados a tomarse la justicia por su mano. Y al igual que todo ciudadano de una comunidad que se respete, podrá dirigirse a una institución tercera, podrá dirigirse al Tribunal".
(IL GIORNALE, 19 de Noviembre de 1992)
El nuevo orden mundial requiere un nuevo derecho internacional. Esta convicción nos ha impulsado, a mí y a otros parlamentarios de todo el mundo, a promover la creación de un tribunal criminal internacional en la ONU. Todos los aspectos de su institución, establecida y prevista desde la Convención de 1948 contra el genocidio y posteriormente perdida en los meandros de la diplomacia, serán discutidos en una conferencia mundial en Siracusa del 2 al 5 de diciembre. El objetivo de la asociación "transnacional" de la que formo parte (Parliamentarians for Global Action) es el de restar el monopolio de la política internacional a la diplomacia y a los gobiernos, potenciando por el contrario el papel de los parlamentarios y de las Naciones Unidas. Si en el plazo de pocos meses no logramos que se apruebe el Comité jurídico de la Onu una hipótesis de estatuto del Tribunal criminal, podremos decir que hemos sentado los cimientos para una administración democrática, imparcial y eficaz de las crisis internacionales.
Yo concibo el tribunal como un organismo ágil pero permanente, instigado de vez en vez por los gobiernos afectados, y con poderes de investigación a través de las estructuras propias de la ONU empezando por los observadores. Apoyan el Tribunal, desde hace por lo menos diez años, países como Australia, Canadá, Venezuela, Japón y Zimbabwe. Lo curioso es que el país que más ha luchado por ello ha sido el minúsculo Estado de Trinidad y Tobago. La idea se ha impuesto no "gracias" al exterminio causado por el hambre en Africa, sino tras la cuestión de los rehenes occidentales en Irak, el pulso entre la Onu y Libia para la extradición de los presuntos secuestradores del avión Pan-Am que precipitó en Lockerbie y las atrocidades de la guerra en Bosnia.
Por lo tanto, el Tribunal sería una especie de Nuremberg permanente, y no se limitaría a procesar a los criminales de guerra. Tendría competencia sobre las agresiones de un Estado hacia otro, sobre el genocidio, el apartheid, la esclavitud, la tortura, la piratería, el secuestro, los crímenes contra el medio ambiente, el robo de material nuclear etc. Se podrá objetar que, si acabase como acusado el presidente serbio Slobodan Milosevic, condenarlo en contumacia no serviría para nada. Las Nuremberg, por definición, se celebran cuando estalla la paz. Podrían impedir o zanjar una guerra? Y sin embargo, si por ejemplo, se condenase Mihaly Kertes, el ex viceministro del interior serbio-montenegrino que propugnó la "limpieza étnica" en Bosnia, Milosevic debería asumir ante el mundo la terrible responsabilidad política de negar su extradición. No es casualidad que en el 92, en plena guerra yugoslava, la propuesta de un Tribunal internacional se ha desarrollado positivamente. Durante años se relegó a las disquisicio
nes internas del Comité jurídico de la ONU, paralizada por la oposición de los Estados Unidos y de la Unión Soviética que pensaban en poder resolver "por su cuenta" las crisis internas correspondientes a sus respectivas zonas de influencia delineadas en Yalta. Fue Gorbachov el que cambió de idea en el 87 y el que impulsó un viraje. La resolución 780 del Consejo de Seguridad de la Onu (6 de octubre de 1992) fue decisiva. Dicha resolución instiga en el párrafo 2 a la creación de una comisión internacional contra las violaciones de la Convención de Ginebra con respecto a los prisioneros y la limpieza étnica en Bosnia.
En dicho contexto, el encuentro del 2-4 de diciembre en Siracusa no será un puro ejercicio académico. La guerra fría está enterrada, mientras duró los Estados tuvieron por lo menos un punto de referencia. Y hemos vivido la que yo llamo la paz indiferente, cebada, blanca y nordista de Europa, una paz injusta pero que de todas maneras ha permitido el orden en el terror. Ahora que el terror ya no existe, los muros se han desmoronado, asistimos a la explosión de una amplia gama de conflictos. El único organismo "regulador" hasta el momento presente ha sido el Consejo de Seguridad de la Onu, con todos sus límites. Las convenciones y los tratados internacionales no se aplican (o no son aplicables) por falta de instrumentos coercitivos y de monitoreo, por poner un ejemplo la Convención de Ginebra o la del genocidio. La idea del tribunal es la pieza de un puzzle, no la solución del nuevo orden. Pero se trata de una pieza indispensable si queremos que la comunidad internacional al completo esté gobernada por una divi
sión efectiva de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. De esta manera, los Estados no se verán obligados a tomarse la justicia por su mano. Y al igual que todo ciudadano de una comunidad que se respete, podrá dirigirse a una institución tercera, podrá dirigirse al Tribunal.