SUMARIO: La crisis italiana. Mientras el país está viviendo uno de los momentos más críticos de su historia, sus ciudadanos respondieron de manera extraordinaria a la campaña de inscripciones del Partido Radical. Incluso en lo tocante a la "emergencia italiana" la gente ganó "esperanza", "confianza", "seriedad civil y política".
(EL PARTIDO NUEVO, MARZO DE 1993)
Según el diario inglés "The Guardian", la responsabilidad de la actual crisis italiana se debe al menos parcialmente a Europa. En realidad, Europa "después de 1945 ha preferido una Italia corrupta en vez de aceptar cualquier forma de comunismo".
Aun siendo correcto, este juicio no elimina las responsabilidades de los italianos. El país está viviendo uno de los momentos más difíciles de su historia debido a los errores, las fechorías y las culpas de toda su clase dirigente. Hacía tiempo que ésta tenía que darse cuenta de que el sistema político italiano necesitaba un cambio profundo, que renovara por completo estructuras, reglas y conductas que se originaron en 1945 y revelaron cada vez más inadecuadas. En cambio, obstinada y pervicazmente, esta clase dirigente ha asumido una posición de defensa de sus privilegios, cada vez menos justificados por las necesidades de la "guerra fría" y las exigencias de una economía pobre y atrasada cada vez más pesadas e inaceptables para la gente. Fue suficiente que un grupito de magistrados milaneses descubriera el hilo de la madeja, para que se revelara el sistema de corrupción, sobornos, complicidad que mantenía unidos a políticos y empresarios (pero también parte de aquella magistradura que hoy acusa) para que to
do se derrumbara.
El descubrimiento del enorme escándalo exasperó a la gente. No son pocos los que invocan una justicia sumaria, la ejecución capital de los culpables, como pasó con Mussolini y los líderes fascistas masacrados y colgados en la Plaza Loreto de Milán, en 1945. Falta la fuerza para llevar a cabo una revolución pero se propaga el instinto de la rebelión, lo cual es mucho más grave.
La caída de Bettino Craxi, el poderosísimo líder socialista, y de numerosos exponentes del mismo partido, desmoronó uno de los tres polos en que se fundaba el equilibrio político italiano, pero también la Democracia Cristiana pasa por un período de crisis enorme y el mismo Partido Democrático de la Izquierda no es que esté muy tranquilo: aun no estando implicado en las investigaciones sobre el escándalo de los sobornos, también el PDS ha heredado del viejo partido comunista muchas "taras" escondidas (las financiaciones ocultas de la Unión Soviética) y su clase dirigente aparece culturalmente incapaz de coger el sentido de las novedades, inadecuada para guiar el país. La Liga "separatista" está desprovista vistosamente de perspectivas a largo plazo.
Justamente mientras que el país vive un período de dificultades muy graves, el PR obtuvo un éxito clamoroso superando las 36.000 inscripciones, acompañadas por espontáneas adhesiones de intelectuales, políticos, artistas, etc. Una vez más, los radicales actuaron contracorriente sin abandonarse al pánico y sin huir a la realidad, sino reivindicando los valores, la "nobleza" de la política y lanzando un llamamiento en favor de una adhesión responsable a esta batalla. Tan más responsable cuanto más costosa: el precio del carné del PR, en Italia, equivalente a 182 dólares, es casi treinta veces mayor que el pedido por los demás partidos (cuyos líderes compraban carnés a barriles para obtener la mayoría en las asambleas, haciendo resultar inscritos también a los fallecidos, igual que en las "Almas Muertas" de Gogol).
El desafío radical fue arriesgado. Sólo algunos habrían apostado una lira por su éxito, quizás nadie. Sin embargo, en el país la esperanza fue enorme y la gente se dió cuenta del valor de la apuesta, gracias a un inesperado sentido de responsabilidad, por primera vez desde hace años, de los medios de comunicación. Y era suficiente que Marco Pannella o Emma Bonino aparecieran en la pantalla con los números telefónicos del Partido escritos en carteles improvisados para que los sesenta teléfonos extraordinarios instalados en la sede empezaran a sonar, por horas enteras. La gente respondió con entusiasmo frente a un difícil gravamen financiero. En definitiva, quiso "obtener" un mínimo de limpieza, esperanza, confianza, seriedad civil y política.