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Garimberti Paolo - 16 aprile 1993
Gran Serbia, Occidente vil
Paolo Garimberti

SUMARIO: La operación militar "deny flight" en los cielos de Bosnia llevada a cabo por la OTAN es, según el autor, la enésima hoja de parra tras la que los Estados Unidos de Europa esconden su incapacidad de intervenir para poner punto final a la guerra. De hecho, se quiere enmascarar la resignación de Occidente a la victoria final de los serbios a partir de la que se iniciará a negociar realmente para diseñar la nueva disposición geopolítica de la Antigua Yugoslavia. No son infundadas las acusaciones dirigidas a Europa y a América de ser cómplices de los masacradores.

(LA REPUBBLICA, 16 de abril de 1993)

Cuatro días antes de que empiece la "operación cielos limpios" lanzada por los altos mandos de la OTAN con bombo y platillo digno de un nuevo desembarco en Normandía, las masacres siguen en el matadero de Bosnia, como antes, tal vez más que antes si cabe. Tanto que un alto funcionario de las Naciones Unidas, en un desahogo de rabia impotente, deseó, con un lenguaje realmente poco habitual para un diplomático, que los serbios responsables del último estrago en Sebrenica pudiesen "arder para siempre en el rincón más caliente del infierno", bajo la maldición de las almas de los niños que mataron con sus bombas.

La "deny flight" es así pues la enésima hoja de parra tras la que los Estados Unidos y Europa, lo que en tiempos del bipolarismo era definido Occidente, esconden su incapacidad y su negación política a intervenir para poner punto final a la guerra que desde hace dos años ha transformado la Antigua Yugoslavia en un campo de exterminio, un calculado ejercicio de genocidio no menos cruel e insensato que Camboya en los años setenta. Tal y como ha escrito en el New York Times, el ex alto comisario de la ONU para los refugiados, el príncipe Sadruddin Aga Khan, "un día tendremos que intentar entender por qué nos hemos dejado convencer de que este conflicto en el corazón de Europa es una cuestión moral, más que una cuestión vital, como fue Kuwait".

Pero en dos años (la agresión de Bosnia es la consecuencia directa de la de Croacia, que empezó en 1991) ninguna "gran coalición" ha sido formada para castigar al Sadam Husein de los Balcanes, el presidente serbio Slobodan Milosevic. En Estados Unidos, a la indiferencia de Bush sigue la incertidumbre de Clinton, que en campaña electoral había hasta criticado la debilidad de su antecesor, pero ahora define la Antigua Yugoslavia como "el más complejo y frustrante problema del mundo actual". El nuevo presidente no sabe cómo actuar. Es consciente de que su deber moral sería intervenir, pero se enfrenta con la hostilidad del Pentágono y el temor de crear problemas a su nuevo "amigo" Boris Yeltsin.

El presidente ruso - contrariamente a lo que hizo Gorbachov con Bush con respecto a Kuwait - usa su peso de miembro permanente del Consejo de seguridad de las Naciones Unidas para dificultar las cosas, de manera que, en un momento de gran conflicto interno la víspera de un referéndum decisivo, no quiere perder las simpatías de los nacional-comunistas eslavófilos, por lo tanto filo-serbios. Europa, por lo menos en sus expresiones políticaamente más poderosaas, Francia, Gran Bretaña y Alemania, es presa histórica del síndrome del "quiero pero no puedo". Turquía, potencia pujante del flanco sur de la OTAN tiende progresivamente a ser la abanderada de los musulmanes en el gran cuadrante balcánico-caucásico, estaría dispuesta a hacer lo que fuese menester por tal de ayudar a los "hermanos bosnios", pero se ve frenada por la mismísima Alianza atlántica con el temor de que una intervención de Turquía pudiese ampliar el conflicto. Es así como este absurdo juego de cargarse el muerto respectivamente acaba por ser, ta

l y como ha escrito "The Independent", "la peor traición de todos los ideales en los que Occidente afirma inspirarse".

A la "traición de Occidente se suma la que el príncipe Aga Khan, en su tremendo "j'accuse", llama "la bellaquería moral" de las Naciones Unidas, cuyos negociadores Cyrus Vance y Lord Owen "se ven obligados a tratar con los criminales de guerra (es decir con los serbios) realizando de esta manera su legitimización". Gente que tendría que acabar ante los tribunales internacionales, escribe el ex alto comisario para los refugiados, goza por el contrario del respetuoso trato de la diplomacia internacional. Las necesidades humanitarias de las poblaciones bosnias asediadas, hambrientas y masacradas son abandonadas por tal de mantener en vida una inútil negociación con los serbios.

Es lícito, entonces alimentar la sospecha de que todo lo que están haciendo los Estados Unidos y Europa, inclusive "la operación cielos limpios", no sea más que un grotesco teatro para enmascarar la realidad: Occidente se resigna a la victoria final de los serbios y espera que esta se realice para empezar a tratar realmente con la nueva distribución geopolítica de la Antigua Yugoslavia. Lo ha admitido Bill Clinton, hace algunos días, cuando al contestar a un periodista que le preguntaba si le daba la impresión de que los serbios estaban a punto de obtener lo que quieren en Bosnia, contestó: "Precisamente, lo que me preocupa es que tiene usted razón. Creo que las cosas están así".

Pero fue Clinton quien indirectamente dio carta blanca al asalto final de los serbios. Slobodan Milosevic y su federal en Bosnia Radovan Karazdic sabían desde hace tiempo que los europeos estaban en contra, por motivos políticos y militares, de la intervención. El ministro de asuntos exteriores inglés, Dougals Hurd lo había dicho de forma explícita en un discurso en el Instituto Real de asuntos exteriores y en una entrevista a este periódico. EL único freno para el Sadam de Belgrado y su soldadesca era el temor de que Clinton mantuviese la promesa, hecha durante la campaña electoral, de ordenar el bombardeo de la artillería serbia si las masacres continuaban. Los compromisos electorales a menudo son palabras que se las lleva el viento: el 9 de febrero, la nueva administración americana aceptaba oficialmente el plan Vance-Owen, excluyendo de hecho la intención de recorrer al uso de la fuerza.

Entonces, Milosevic y Karadzic se sintieron suficientemente seguros como para completar el proyecto de una Gran Serbia, que anexione las partes de Bosnia que desde hace tiempo reivindica Belgrado. Srebrenica es el eslabón que une a ambas áreas geográficas y ello explica el bárbaro empecinamiento de las artillerías serbias contra la ciudad martirizada por los bombardeos. Muchos observadores consideran que, una vez conquistada Srebrenica, la ofensiva de detendrá y los serbios estarán más dispuestos a negociar. Y Occidente no podra hacer más que amoldarse y dejar de tirar dinero para alimentar los motores de los cazas utilizados en la inútil operación "deny flight". Pero, entonces, quién osará decir que no tiene razón la baronesa Thatcher cuando acusa a los gobernantes europeos y americanos de ser "cómplices de los masacradores"?

 
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