Emma Bonino y Ottavio LavaggiSUMARIO: Emma Bonino, secretaria del Pr, y Ottavio Lavaggi, diputado, responsable de asuntos exteriores del Partido Republicano Italiano e inscrito al Partido Radical, afirman que lo que está sucediendo en Bosnia se podía haber evitado con acciones político-diplomáticas a tiempo y con determinación. La inercia culpable de Occidente nos ha conducido hacia una situación en la que la intervención militar parece ser la única opción eficaz. Europa ha repetido estos errores con respecto a Macedonia, sufriendo el chantaje de Grecia. La única señal positiva es la decisión del Consejo de ministros italiano que ha ofrecido la disponibilidad de Italia para albergar al Tribunal Internacional para los crímenes cometidos en la Antigua Yugoslavia. Pero tras el referéndum hay que dar un viraje, el Gobierno tiene que ser capaz de llevar a cabo una acción política exterior eficaz.
(IL GIORNALE, 19 de abril de 1993)
La opinión pública italiana e internacional está asistiendo a lo largo de estos días, con comprensible y progresiva desazón, a las nuevas etapas del largo calvario de Bosnia, a las dramáticas consecuencias para las poblaciones civiles de la impotente y cómplice cobardía de Occidente, que demasiado poco (y demasiado tarde) ha hecho en la Antigua Yugoslavia para defender aquellos principios del derecho a la vida, a las libertades y a la igualdad que constituyen la base de nuestra civilización, y cuyo valor universal no nos cansamos nunca de reivindicar.
Los sentimientos de frustración que nos impulsan se deben a que somos conscientes de que nos hallamos ante una tragedia anunciada, que se hubiese podido evitar con acciones político-diplomáticas a tiempo y con decisión, incluso en ausencia de una intervención militar, y que no ha sido evitada por inercia culpable, conduciéndonos a una situación en la que progresivamente la intervención militar parece haberse convertido en la única opción eficaz. Somos conscientes de que cuanto está teniendo lugar actualmente en Bosnia podría suceder mañana en Macedonia o en Kosovo, y la lentitud y la timidez que han caracterizado hasta el momento presente la acción de la Comunidad internacional con respecto a estos dos problemas no pueden reconfortarnos al respecto.
Para garantizar la paz y el derecho en Macedonia, un país atravesado por divisiones y tensiones étnicas que recuerdan a las de Bosnia, un primer paso que se hubiese tenido que dar era el reconocimiento internacional de su soberanía, condición formal necesaria para obtener la colaboración de su Gobierno ante el bloqueo decretado contra Serbia - con la que Macedonia es limítrofe - y para disponer el envío de contingentes de cascos azules con funciones de "peace keeping".
Este era el sentido de la conclusión de la Comisión Badinter, formada por la CE al día siguiente de la secesión de las Repúblicas de la Antigua Yugoslavia para comprobar si en cada una de ellas cumplían los requisitos para ser reconocidas.
Y sin embargo, la Comunidad Europea, que reconoció rápidamente Eslovenia y Croacia y posteriormente la mismísima Macedonia, se ha demorado más de un año antes de que se hiciese realidad el reconocimiento de Macedonia, cediendo ante un absurdo chantaje de Grecia, que pretendía negarle al nuevo Estado el derecho de escoger su propio nombre y bandera.
En efecto, Grecia, a pesar de pertenecer a la Ce desde hace veinte años, sigue comportándose con una lógica íntegramente balcánica y levantina que la convierte en aliado natural de sus correligionarios serbios.
Que Grecia persiga esa política puede desagradarnos, pero está en todo su derecho. Lo que ya no es comprensible es que toda la Comunidad europea y sobre todo nuestro país hayan aceptado durante más de un año dejarse paralizar por las presiones griegas, en nombre de una deseada unidad de acción que a la hora de la verdad es inexistente, considerando que Grecia se niega a reconocer a Macedonia a pesar de las decisiones al respecto adoptadas el 7 de abril por el Consejo de Seguridad de la Onu y el 15 de abril por los cuatro países de la Ce entre los que cabe destacar a Italia.
A pesar de las declaraciones positivas por parte del presidente Giulio Amato, nuestro Ministro de Asuntos exteriores ha decidido no aplicar durante cuatro meses las directrices del Parlamento (el 17 de diciembre pasado la Comisión de asuntos exteriores de la Cámara había comprometido al Gobierno italiano a actuar) y en vez de proceder al reconocimiento de Macedonia - condición necesaria para que sea efectivo el embargo decretado por la Onu contra Serbia - no ha sabido hacer nada mejor que trasladarse a Belgrado en visita oficial para entrevistarse con Milosevic, presidente de un Estado que Italia no ha reconocido nunca, rompiendo de hecho un aislamiento diplomático que la CE imponía desde hace tiempo a Serbia. Inmediatamente imitado por el Presidente Mitterrand.
De la comprensible, escasa consideración y credibilidad de la que goza nuestro país desde hace tiempo en instancias comunitarias tuvimos una prueba más el jueves pasado, cuando Alemania, Dinamarca y Bélgica procedieron al reconocimiento de Macedonia sin buscar evidentemente un acuerdo con nuestro país, que sin embargo dio un paso análogo in extremis ayer por la noche.
El viernes, el Consejo de ministros tomó una decisión positiva e importante. Bajo propuesta del canciller Conso, ha ofrecido la disponibilidad de Italia de albergar la sede del Tribunal Internacional para juzgar los crímenes de guerra en la Antigua Yugoslavia, un paso que ubica a nuestro país en una posición de particular responsabilidad.
Ahora lo que hay que hacer es actuar a nivel internacional para que el organismo decidido por las Naciones Unidas se instituya inmediatamente y para que se transforme en organismo permanente con competencias en territorios que no están implicados en conflictos. Ello sería una contribución fundamental para la posibilidad efectiva de aplicar el derecho internacional.
En el momento en el que Italia, al día siguiente del referéndum, se apresura a crear un nuevo Gobierno, es necesario que además de poder hacer frente a los graves y urgentes problemas de política nacional, que pueda llevar a cabo una acción eficaz de política exterior, sobre todo con respecto a la dramática situación de la cercana Antigua Yugoslavia.
En Inglaterra, en donde actualmente está en vigor el sistema mayoritario, tienen un Ministro de Asuntos Exteriores que gobierna y un "Ministro sombra" de la oposición que lo controla y lo critica. En Italia, en espera del sistema mayoritario hemos adoptado una síntesis del modelo británico: estamos gobernados por la sombra de un Ministro.
Ha llegado el momento de dar un viraje.
De la misma manera que ha llegado el momento de dar un viraje en el sentido de que las decisiones políticas sobre las grandes cuestiones de nuestro tiempo deben contar con la participación activa de la opinión pública y de los parlamentarios a nivel internacional, objetivo que el Partido radical, transpartido y transnacional persigue y que en estos momentos es trágicamente actual.