Emma BoninoSUMARIO: Apuntes con motivo del "Congreso de Compatibilización de leyes de lucha contra la narcocriminalidad", organizado en Buenos Aires del 2 al 4 de agosto de 1993, por el Parlamento Latinoamericano, al que Emma Bonino, secretaria general del Partido radical transnacional, fue invitada para exponer las tesis del antiprohibicionismo y las iniciativas posibles.
(Emma Bonino, Buenos Aires, 2-4 de agosto de 1993)
"CONGRESO DE COMPATIBILIZACION DE LEYES DE LUCHA CONTRA LA NARCOCRIMINALIDAD". Buenos Aires 2-4 de agosto de 1993. Parlamento latinoamericano.
Existen un sinfín de razones para dudar que el prohibicionismo sea la mejor estrategia para combatir los daños que acarrea el consumo de drogas. En primer lugar, algunas sustancias ilegales, como el hachís y la marihuana, sencillamente no son dañinas: no crean dependencia, ni causan efectos físicos devastadores; por el contrario poseen más de una calidad terapéutica. En segundo lugar, no es tanto la sustancia en sí cuanto el régimen de ilegalidad y la consiguiente falta de controles (higiénico-sanitarios y de la calidad del producto) los que devastan a los consumidores habituales, tal y como sucede en el caso del crack y en el de la heroína. En tercer lugar, el prohibicionismo obstaculiza o imposibilita toda estrategia para reducir el daño que consista en brindar una correcta información a los consumidores, información que tenga por objeto desalentar el abuso de las sustancias y evitar que se cree adicción.
A estos argumentos, los partidarios del prohibicionismo suelen contestar aseverando que la legalización se traduciría en un aumento del consumo de droga. Pero, en caso de que así fuese, se trata de ver si dicho aumento sería suficientemente reducido como para compensar con creces, considerando las evidentes ventajas en lo que se refiere a la reducción de la criminalidad (a pequeña y gran escala) y a la reducción de los daños directos que afectan a la población toxicómana. Por ejemplo, no cabe la menor duda de que el consumo de alcohol aumentó en Estados Unidos cuando se puso punto final al régimen prohibicionista. Sin embargo, a nadie se le pasa por la imaginación volver a introducir dicho régimen y todos prefieren apuntar hacia una estrategia de reducción del daño social e individual que se base en limitar la venta y la publicidad, en aumentar los impuestos fiscales, en promover campañas de información etc. No me detendré en este aspecto del problema, salvo para subrayar una vez más que la hipótesis sobre l
o que sucedería si las drogas se legalizasen - tanto las pesimistas como las optimistas - sólo pueden verificarse («lógicamente!) legalizando las drogas. Una cosa que muchos prohibicionistas, digamos fundamentalistas, aún siguen dejando caer en el olvido es que la legalización, en caso de que las medidas provocasen efectos catastróficos, es reversible en todo momento. Sigo sin comprender qué estamos esperando para probar y experimentar razonablemente.
En cambio, lo que sí está claro es que el actual régimen prohibicionista nos cuesta muy caro a todos, tanto a los países consumidores como a los productores.
En los países consumidores, la prohibición del comercio y del consumo de estupefacientes absorbe una parte considerable de los recursos de la policía, de las aduanas y del sistema judicial. Los juicios penales por delitos de droga tienen un precio. Y cuando dichos juicios dan lugar a condenas de reclusión, cabe añadir un coste directo individual debido a la detención y un coste indirecto colectivo debido a la eficacia global del sistema carcelario - casi en todo el hemisferio norte, ante la crisis de superpoblación existente. El número de personas encargadas así como las fuentes presupuestarias que la policía y las aduanas emplean para la lucha contra la droga es considerable. Por último, existe una serie de costes de los organismos internacionales que se encargan del fenómeno: sólo la United Nations International Drug Control Program (UNDCP) cuenta con un balance de 70 millones de dólares al año.
Se ha calculado que meter en la cárcel durante cinco años a un traficante, en Estados Unidos cuesta aproximadamente 450 mil dólares. Con esa misma cantidad se podrían curar cerca de 200 toxicómanos. En dicho país, dos tercios de los detenidos en las cárceles federales y un tercio de los que se encuentran en las estatales han cometido delitos relacionados con la droga.
A pesar de que el precio que se paga por el prohibicionismo en los países consumidores sea perfectamente calculable - tal y como lo demuestran los ejemplos que acabo de mencionar - nadie se ha tomado la molestia jamás de sumarlos, de manera que no existen datos como "cuánto gasta el país X para aplicar el régimen prohibicionista" - en realidad nosotros, la Coordinadora Radical Antiprohibicionista, lo estamos haciendo aunque aún no están listos los resultados finales.
Que estos datos no existan es como mínimo extraño si consideramos que, por el contrario, abundan los cálculos sobre el presunto movimiento de negocios mundial del narcotráfico. La cifra más citada habla de 500 mil millones de dólares. De ser correcta, ello significa que en los 24 países del OCSE (los llamados países industrializados) los consumidores privados prefieren los estupefacientes a los automóviles, o a los combustibles, o a la energía. Puesto que eso es claramente absurdo, es obvio que nos hallamos ante cifras exageradas adrede.
Cabe destacar que, en cualquier caso, la situación es perfectamente funcional a las burocracias antidrogas nacionales e internacionales. El ciudadano no conoce lo conocible, es decir no sabe lo que le cuesta prohibir las drogas. Para compensar, se le hace creer que conoce lo no conocible - el movimiento de negocios y de capitales de los traficantes de droga - y se le propinán cifras absurdas e hiperbólicas. Pero, tal y como saben los militares, exagerar las capacidades del enemigo es la mejor manera para movilizar el mayor número de recursos y para ponerse al reparo de críticas en caso de derrota. Creo que existen pocas dudas con respecto al hecho de que la percepción que domina en la opinión pública sobre la lucha contra la droga es precisamente la de una derrota.
Sin embargo, el prohibicionismo les cuesta mucho más caro a los países del hemisferio sur - por lo menos en lo que a sus economías y a los inmensos problemas sociales se refiere. Si se aboliese el prohibicionismo, se les quitaría de las manos a los criminales y a los terroristas gran cantidad de ingresos que en muchos países de este continente (al igual que en mi país, Italia) atentan contra la seguridad y los derechos democráticos de los ciudadanos. Los beneficios que actualmente se hallan en manos de los narcotraficantes, finalmente con impuestos, podrían contribuir a la riqueza colectiva y a la mejora de las condiciones materiales de vida. Además, en un régimen global de legalización, en particular la coca podría hallar empleos terapéuticos y nutritivos (como el té de coca que el gobierno boliviano está intentando transformar en un producto de exportación). El volumen global de las entradas difícilmente se reduciría - ahora la materia prima contribuye menos de un 10% del precio final en el consumo de las
sustancias estupefacientes - incluso podría incrementar, especialmente si las actividades de refinación se trasladasen progresivamente hacia los mismísimos productores (algo así como lo que pasó con el petróleo). A diferencia de los países del Norte, por último, es difícil pensar que la legalización aumente el consumo que el prohibicionismo no ha logrado reducir nunca y que tiene otras raíces culturales muy distintas.
Pocas cuestiones como esta unen Norte y Sur. Y esta vez el triunfo de uno no se basa en la pérdida del otro sino que, con el prohibicionismo, tanto el Norte como el Sur tienen todas las de perder. Y con su abolición, todas las de ganar. Realmente, vale la pena intentar el cambio.
Por todos estos motivos, el partido radical transnacional ha decidido promover una campaña mundial para la abolición de las tres Convenciones internacionales (de 1961, de 1971 y de 1988) que han situado fuera de la ley la producción y el comercio de las que se han dado en llamar sustancias estupefacientes. A los que dicen que se trata de una batalla perdida antes de empezar no les hacemos ni caso: lo mismo dijeron en su día cuando luchamos por el divorcio, por el aborto o por la despenalización del consumo de droga. Y vencimos todas las batallas. La última victoria fue hace pocos meses con motivo del referéndum cuya convocación solicitamos nosotros. Quisiera recordar que el pasado mes de abril, la Cámara de diputados boliviana solicitó la enmienda de aquellos artículos de los Convenios internacionales en los que se penaliza la hoja de coca, solicitando que se elimine el término COCA de la lista de estupefacientes".
La batalla para la legalización de las drogas y para la abolición del régimen prohibicionista es así pues, por definición, una batalla transnacional. Para librarla de forma adecuada, para vencerla, hace falta un instrumento político transnacional y transpartídico que logre movilizar a la opinión pública y a sus representantes electos, los parlamentarios, a través de todas las fronteras - las geográficas y las ideológicas - en todo el mundo. Este instrumento político existe: es el Partido Radical Transnacional. El único partido en el mundo que ha anulado sus propias raíces nacionales, y que halla su razón de ser precisamente sólo en una dimensión global, transnacional.
Y puesto que estoy convencida de que es algo único y al mismo tiempo necesario, les pido que se inscriban inmediatamente al Partido Radical, sean ustedes de la procedencia que sean, tanto política como geográfica. La única condición es que estén de acuerdo con una o varias de nuestras batallas: la de la abolición del prohibicionismo, o bien la de la abolición de la pena de muerte antes del año 2000, o bien a las otras aprobadas por nuestro último congreso.
Desde hace tiempo estoy convencida de que no existe ni un sólo problema en el mundo que pueda ser resuelto en el seno de las fronteras de un Estado: es necesario que el mismo día, en muchos parlamentos, se discuta la misma moción, y en las plazas se celebre la misma manifestación. En Europa lo estamos logrando con gran esfuerzo. Pero Europa es pequeña con respecto a otros continentes. Empezando por el vuestro.