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De Andreis Marco - 9 novembre 1993
La fuerza de la no violencia
Marco De Andreis

SUMARIO: El autor analiza comportamientos, éxitos y fracasos de la ONU en las operaciones de peacekeeping más destacadas y emblemáticas: Somalia y Bosnia. Su fracaso puede acabar haciendo que se pongan de moda "los presupuestos clásicos de la política internacional: no interferencia, [...] empleo de la fuerza sólo en caso de amenaza directa a los propios intereses nacionales". Las dos misiones en Somalia y en Bosnia sufren defectos "opuestos". En la Antigua Yugoslavia la ONU se niega "utilizar la fuerza militar", en Somalia en cambio la fuerza militar ha sido "aplicada en demasía y demasiado tarde". Qué lecciones sacar de estas experiencias? Según el autor, antes de recurrir a la fuerza militar, la comunidad internacional tiene que aprender a utilizar metodologías "no violentas" ("centros de monitoreo", "cuerpos de voluntarios desarmados", "Radio y Tele Liberty", etc.) En cualquier caso, será necesario poner en pie un auténtico "ejército" de la ONU, cambiando la ruta de los recursos destinados

actualmente a los ejércitos nacionales.

(1994 - IL QUOTIDIANO RADICALE, 9 de noviembre de 1993)

Es paradójico que los primeros intentos llevados a cabo por EE.UU. de poner a disposición de la comunidad internacional sus capacidades militares tengan que ser evaluados con el parámetro de las aventuras unilaterales típicas de las superpotencias en tiempos de la guerra fría. La batalla librada en Mogadiscio el 3 y el 4 de octubre entre las fuerzas estadounidenses de la ONU y la facción del general Aidid ha provocado un shock profundo en la opinión pública americana, por lo que en estos momentos la mayoría está a favor de la retirada de la operación. En resumidas cuentas, existe el peligro de que un fracaso de las misiones en Somalia o en Bosnia conduzca a abrazar de nuevo las premisas clásicas de la política internacional: no interferencia en los asuntos internos de los Estados, utilización de la fuerza sólo en caso de amenaza directa a los propios intereses nacionales.

Ello sucede debido a distintos errores, incluso de especulación, entre ellos. Si bien es cierto que la ONU está gastando mucha de su credibilidad en las operaciones en Bosnia y Somalia, es cierto asimismo que la está gastando fatal - tan mal que oscurece el éxito de la gran operación que acaba de finalizar en Camboya. En un cierto sentido, ambas misiones sufren defectos opuestos: en la Antigua Yugoslavia, la comunidad internacional se niega a utilizar la fuerza militar a pesar de que salta a la vista que es la única alternativa para detener a los agresores, evitar la repartición del país y, en resumidas cuentas, cumplir los objetivos humanitarios de la operación. En Somalia, por el contrario, la fuerza militar ha sido aplicada en demasía y demasiado tarde: las contexto de la distribución de las primeras ayudas y por lo tanto provocando, probablemente, poca o ninguna oposición; o bien podían ser inducidas a colaborar en la fase humanitaria de la misión como para negociar un acuerdo para la transición política

del país (tal y como parecía estar logrando el representante de la ONU en Somalia antes de la llegada de Howe).

Qué lecciones podemos aprender de lo que está acaeciendo en Bosnia y en Somalia?

La primera y la más importante es la de atender a las recomendaciones de los mismísimos militares, en particular los americanos, que insisten mucho en este tema: las fuerzas armadas hay que utilizarlas en último extremo, cuando todos los demás métodos han demostrado ser inútiles. Es necesario que a los militares se les confíen misiones claras, con objetivos claros, limitadas en el tiempo y que puedan ser conseguidas sin necesidad de interferencia política en la conducta de las operaciones.

Pero, antes de recurrir a la intervención militar, la ONU, la comunidad internacional, deberán aprender a utilizar otros instrumentos no militares, no violentos, que precedan y posiblemente que sirvan para evitar la utilización de la fuerza: por ejemplo, lograr poner en pie un centro de monitoreo que sea capaz de alertar a tiempo las crisis, antes de que los conflictos estallen abiertamente.

Se trata de equipar, en todas partes del mundo, decenas de Radio y Tele Liberty (sí, basadas precisamente en el modelo de los instrumentos no violentos a los que Occidente debe, en resumidas cuentas, su victoria en la guerra fría) para llevar a cabo campañas de información contra las violaciones del derecho. Se trata de disponer de un cuerpo de voluntarios desarmados, "reclutados" gracias a fórmulas legislativas análogas a la introducida por la Ley italiana sobre la objeción de conciencia gracias a la conocida enmienda radical, para otorgar las operaciones más específica y claramente humanitarias: distribución de ayudas alimentarias, profilaxis sanitaria, instrucción, reconstrucción de las instituciones civiles, etc.

Es absurdo que para misiones de este tipo la ONU tenga que utilizar fuerzas armadas antagonizando - tal y como hemos visto - a las poblaciones que reciben ayudas y procurando la frustración de los mismísimos militares. A la institución de dichas estructuras y capacidades no violentas y no militares, así como a un auténtico "ejército" de la ONU, se podría llegar sin enormes dificultades encauzando los ahorros procedentes del desmantelamiento de los anacrónicos ejércitos nacionales.

Sin lugar a dudas, cabe prever el caso en el que las Naciones Unidas se vean obligadas a utilizar al mismo tiempo la fuerza militar y los recursos civiles. Cuando, por ejemplo, están encargándose de la administración fiduciaria de un país, tal y como ha sucedido en Camboya una vez alcanzado el acuerdo de las cuatro facciones principales del país. Pero también como podría suceder en Bosnia y en Somalia, a pesar de la falta de acuerdo de las distintas facciones. Todo es posible y alcanzable, en cualquier caso, siempre y cuando logremos librarnos rápidamente de la obsesión de que hay que dar respuestas exclusivamente militares a las crisis políticas, para atribuir la precedencia que se merecen a las soluciones no militares y no violentas.

Marco De Andreis

 
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