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De Andreis Marco - 12 novembre 1993
Tócala otra vez Sam
Marco De Andreis

Es difícil para un país acostumbrado a actuar de forma unilateral, doblegarse ante el multilateralismo y la interdependencia

SUMARIO: Análisis de las reacciones que se han producido en América tras la crisis de las misiones de la ONU en Bosnia y en Somalia. Mientras se han recrudecido las críticas contra la actuación en el Cuerno de Africa, nada puede excluir que el gobierno de los EE.UU. decida incluso abandonar la misión en Somalia para volver a un "enfoque realista". El autor discute que sea realmente "realista" un enfoque de política exterior que se defina tal. Actualmente, los problemas son globales, "la democracia y el derecho a la vida coinciden plenamente con el interés de quien sea", en particular con el de un ciudadano americano. Pero por una parte es objetivamente difícil "para un país acostumbrado a moverse de forma unilateral acostumbrarse al multilateralismo, a la concertación con otras personas..." por otra todo el mundo se está moviendo en terrenos "desconocidos". Hay cosas que una organización de gran envergadura como las Naciones Unidas no pueden aprender a hacer de la noche a la mañana. Por ello, impulsar el pro

yecto es otro de los "dementes", "irrealistas" pero necesarios objetivos del partido radical transnacional.

(1994 - IL QUOTIDIANO RADICALE, 12 de noviembre de 1993)

Tanto si gusta como si no, las orientaciones de los Estados Unidos de América desempeñan un papel decisivo en el futuro de las Naciones Unidas. Tanto por motivos históricos (la ONU es una invención americana) como por motivos financieros (los americanos pagan una cuarta parte del presupuesto de la ONU y casi una tercera parte del gasto para las operaciones de paz). Lamentablemente, las dificultades indudables que tienen que afrontar las misiones de la ONU en Bosnia y en Somalia han reimpulsado a los llamados realistas - aquellos que creen que es la fuerza la que regula las relaciones internacionales y que cada Estado tiene que limitarse a perseguir sus propios intereses nacionales.

Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional y secretario de Estado de Richard Nixon, no pierde ocasión para repetir que los Estados Unidos no hubiesen tenido que comprometerse nunca en Somalia y que más vale que se retiren lo ante posible: desaparecido el antagonista soviético, en el Cuerno de Africa no hay ningún interés vital americano por defender y la seguridad de los ciudadanos estadounidenses prescinde de lo que sucede en Mogadiscio. Ciudadanos estadounidenses, cabe añadir, que parecen en su mayoría estar a favor de una retirada de las tropas de Somalia - a juzgar por los sondeos, por lo menos.

En teoría, Kissinger y sus opiniones están lejos de que les preste atención el presidente Clinton - cuyo programa electoral de política exterior se refería al multilateralismo y tenía por objeto perseguir, basándose en el consenso, intereses globales. Sin embargo, a la hora de la verdad, esta administración americana va tan a la deriva en lo que se refiere a la definición de la política exterior, que nadie puede excluir un viraje de 180 grados y un regreso al enfoque realista.

Pero son de veras realistas los realistas? Qué contacto con la realidad pueden seguir teniendo teorías y hombres que han marcado la guerra fría? Muy poco, a nuestro parecer: salta a la vista con la estrechez mental con la que se sigue planteando la cuestión del interés nacional. Acaso no es en interés de los ciudadanos de un país determinado que sea el derecho el que regule la relación entre los individuos y los Estados? El hecho de que poblaciones enteras son diezmadas por el hambre o por la guerra no puede más que ir en detrimento y poner en peligro la seguridad del resto de los habitantes del planeta: pensemos por ejemplo en la cuestión de los refugiados. La democracia y el derecho a la vida coinciden plenamente, en resumidas cuentas con el interés de quien sea. En particular, si se trata de un ciudadano americano: en primer lugar porque en dichos conceptos se basa el sistema de valores políticos de su país; en segundo lugar porque su defensa no tiene que seguir estando subordinada la exigencia de evit

ar un conflicto nuclear como sucedía a lo largo de la guerra fría, en tiempos, precisamente, de Kissinger.

Estas consideraciones, tan obvias para el partido radical transnacional, no son moneda corriente del planteamiento político americano. Un poco porque es objetivamente difícil para un país acostumbrado a actuar de forma unilateral acostumbrarse al multilateralismo, a la interdependencia, a la concertación con otros de sus propias acciones en el panorama internacional. Y otro poco porque todos, y no sólo EE.UU, se están moviendo realmente en terrenos desconocidos. La Carta de las Naciones Unidas, de hecho, no ha sido nunca plenamente aplicada y lo que la comunidad internacional está haciendo no son más que primeros intentos. Lógico por lo tanto que se proceda en gran parte a intentos, que se cometan errores de evaluación. Pero no queda más alternativa que seguir intentándolo, aprendiendo de los errores cometidos con la experiencia anterior. Con el buen juicio a posteriori ahora sabemos muchas cosas: que era necesario frenar el expansionismo serbio en cuanto brotó; que era necesario desarmar a las facciones de

Somalia en el contexto de la distribución de ayudas humanitarias a la población; que en Somalia hubiese sido mejor dialogar con todas las facciones en vez de concentrar todas las fuerzas contra una en particular. Etc.

La capacidad de dosificar los instrumentos de mediación, la solución pacífica de los conflictos, las medidas de prevención, la amenaza y el uso de la fuerza militar no son cosas que una organización tan complicada y de gran envergadura como las Naciones Unidas pueda aprender a hacer de un día para otro. Algunas circunstancias específicas, además, no han ayudado mucho que digamos: es del dominio público, por ejemplo, que el actual secretario general Boutros Ghali tiene una personalidad muy fuerte que acaba por chocar contra lo que Washington considera un derecho implícitamente adquirido, es decir la dirección de la conducta de las operaciones allá en donde se produce una fuerte participación americana. Pero no hay alternativa posible con respecto al seguir por el camino de la consolidación del derecho internacional y de la ampliación de las Naciones Unidas. La contraprueba estriba en el hecho de que la mismísima opinión pública que en América parece favorable a la retirada de Somalia juzga inaceptable que en

Haití se impida el asentamiento del presidente democráticamente electo. Bien visto, en el caso de Haití, es enorme el contraste con la facilidad y la decisión con la que hace diez años los Estados Unidos invadieron Grenada.

Tanto la ONU como Estados Unidos se hallan en mitad del río. Impulsarle hacia adelante es otro de los "dementes" e "irrealistas" objetivos del partido radical transnacional.

Marco De Andreis.

 
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