Emma BoninoSUMARIO: La secretaria general del Partido radical critica el escepticismo con el que la prensa italiana ha comentado la institución del tribunal internacional contra los crímenes cometidos en la Antigua Yugoslavia. " Qué sentido tiene destruir, antes de que empiece sus trabajos, el único instrumento que la comunidad internacional ha sabido y podido poner en práctica?"... "La razón estriba tal vez en el hecho de que el sentido de culpa y de impotencia se está saliendo con la suya ante la necesidad de luchar contra la barbarie"... "nadie ha explicado que el tribunal no resuelve por supuesto la guerra, ni rompe el cerco de hielo que rodea Sarajevo, pero sí es el primer paso hacia una posible reinstauración de la legalidad perdida en estos dos últimos años". Tachar de impotente al Tribunal de la Haya hace que sea imposible el verdadero objetivo que se proponía alcanzar la campaña radical para la institución de un tribunal internacional sobre la Antigua Yugoslavia: el de crear un tribunal permanente que juzgue t
odos los crímenes cometidos contra la humanidad en cualquier parte del mundo.
(LA STAMPA, 25 de noviembre de 1993)
Y si la conciencia sucia por el drama de Bosnia Herzegovina la tuviesen también los periodistas, o mejor si cabe, la información al completo? La pregunta surge espontánea al leer lo publicado por la prensa con motivo de la inauguración en La Haya del tribunal internacional que juzgará los crímenes de guerra cometidos en la Antigua Yugoslavia. Artículos a rebosar de escepticismo, indignación ex post y mucho, mucho sentimiento de culpa. "El tribunal juzgará los crímenes de Occidente", "No es más que una Nuremberg a medias", "se trata de un modo para que la comunidad internacional se lave su culpa, la de no haber detenido la masacre". Esta es, en resumidas cuentas, la postura que abundaba en los periódicos. Pero, qué sentido tiene destruir, antes de que empiece sus trabajos, el único instrumento que la comunidad internacional ha sabido y podido poner en práctica? Qué sentido tiene tachar de impotente al primer "tribunal de los vencidos" nunca antes instituido por la Onu, gritando al unísono "de todas maneras
esto no va a funcionar nunca"?
Tal vez la razón estribe en el hecho de que el sentimiento de culpa y de impotencia se está saliendo con la suya ante la necesidad de resistir a la barbarie, sin lugar a dudas más difícil de mantener tras tantos errores cometidos, tantas faltas y tantas complicidades del ayer y del antes de ayer. Es un hecho consabido que la guerra en la Antigua Yugoslavia es un espejo ante el que todos nosotros nos avergonzamos. Los que más y mejor han comprendido la tragedia (inclusive nuestros "enviados de guerra"), son los que han reservado a los Balcanes lágrimas de compromiso ante los cuerpos mortificados.
La responsabilidad más alta, sin lugar a duda, corre por cuenta de los Realpolitiker improvisados de Occidente, que se han sentado a la mesa y han negociado con los criminales mientras que sus verdugos masacraban y violaban. Nadie, sin embargo, está exento de beber por el otro lado del cáliz amargo del golpe. Sobre todo los medios de comunicación, culpables de haber demostrado indignación y compromiso en la Antigua Yugoslavia sólo a ratos: cuando cabía "hincar" el caso de la pequeña Irma, o bien comentar algo sobre los miles y miles de mujeres violadas, o enseñar la enésima "tragedia del pan". Sin adoptar, por el contrario, el peso de una información diaria sobre vida y muerte de la gente en la guerra, de un estar a diario de parte del derecho y de la legalidad. Y enviando a freír espárragos, al menos de vez en cuando, el mito de la noticia del día que sólo puede durar un día.
Por ello, en resumidas cuentas, la novedad del Tribunal de la Haya no ha logrado pasar por el filtro de los periódicos para llegar hasta los lectores. Lectores a los que nadie les ha explicado que no es que el tribunal arregle la guerra, por supuesto, ni rompe el cerco de hielo que ahoga a Sarajevo, pero sí supone un primer paso hacia una posible restauración de la legalidad perdida a lo largo de estos dos años.
No es cierto que el Tribunal de la Haya no pueda funcionar. Sin embargo, lo que sí es cierto es que se trata de un instrumento jurídico que puede funcionar sólo si está apoyado por la voluntad política. Y la actitud destructiva, que en estos días ha funcionado como la única clave de lectura posible, no hace más que jugar a favor de los criminales y de los señores de la guerra no sólo balcánicos. Puesto que envilece cualquier intento, por pequeño que sea, de encauzar de nuevo el problema de la convivencia por los canales de la legalidad internacional.
Tachar de impotente al Tribunal de La Haya, en resumidas cuentas, hace que sea realmente imposible lograr el verdadero objetivo que se proponía alcanzar la campaña radical para la institución de un tribunal internacional sobre la Antigua Yugoslavia: el de crear un tribunal permanente llamado a juzgar los crímenes cometidos contra la humanidad en cualquier lugar del mundo. Los ha habido, hace algunos meses, que nos han acusado de usar la ley del embudo al solicitar el tribunal sobre la Antigua Yugoslavia al haber olvidado pretenderlo para Camboya, Chile, El Salvador. Pues bien, quitarles a los jueces el apoyo indispensable de la opinión pública y de los gobiernos no es más que echar una lápida funeraria sobre la posibilidad de contar con un tribunal para las Camboyas y los El Salvador que puedan presentarse. Los que hoy, sin ir más lejos, se llaman Somalia, Burundi, Alto Karabaj.