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Il quotidiano radicale - 8 dicembre 1993
En el año 2000 seremos demasiados. Seremos también menos libres?

SUMARIO: En el 2000, la población mundial será de aproximadamente 6 mil millones: es lo máximo que el globo puede soportar. Así pues, la verdadera crisis ecológica está constituida por la "bomba demográfica". Y mientras que la Iglesia y el mundo laico se pelean en vano en términos ideológicos, los países del subdesarrollo intentan frenar la crisis despilfarrando "sus recursos naturales". La ONU no logra proponer soluciones. Mientras tanto, en plena degradación cultural y en la miseria, el SIDA se propaga. Entre las consecuencias del drama, a parte de las económicas y medioambientales empieza a configurarse un peligro político: aguantarán las democracias avanzadas el choque de millones de "extracomunitarios" que se volcarán hacia los países desarrollados? Para dar una respuesta eficaz es necesario organizar la fuerza transnacional capaz de movilizar en el mundo a hombres, energías y medios a partir de proyectos convergentes.

(1994 - IL QUOTIDIANO RADICALE - 8 de diciembre de 1993)

El drama ya está escrito. El escenario también está ya diseñado, nos toca de cerca.

En el 200, la población del globo será e cerca de 6 mil millones de individuos, el máximo de densidad que, según evaluaciones concordes, el globo puede soportar. Tampoco faltan señales de que los recursos "renovables", aire, oxígeno, agua, etc. se hallan en vías de extinción, de degradación. La amenaza más grande a la definitiva crisis "ecológica" se desprende de la "bomba" demográfica (véase págs. 2-3) que viene articulándose desde hace tiempo en los depósitos humanos en donde el crecimiento incontrolado es primo hermano del subdesarrollo.

Sobre cómo poner remedio a la amenaza se perpetúan conflictos ideológicos: " Cabe programar un riguroso control de los nacimientos o no?" La Iglesia y la cultura laica polemizan en vano. Insensibles a las protestas de los ecologistas así como a las preocupaciones por el día de mañana, los países subdesarrollados mientras tanto despilfarran sus recursos naturales, los únicos con los que pueden pagar los gastos del reimpulso. Es la política del "sálvese quien pueda", ante el desorden mundial. La ONU, a la que se le podría (y debería) confiar la tarea de reglamentar un equilibrio y concertado empleo de recursos, no da más de sí: allá en donde intenta actuar se encuentra, salvo raras excepciones, con fracasos y desastres: los mismos gastos para las operaciones de paz restan los pocos recursos destinados o destinables a la cooperación (véase págs. 4-5). En la degradación cultural, en la miseria se propaga el azote del SIDA (véase págs, 10-11) contra el que parece imposible delinear una estrategia unitaria, global

, responsabilizadora para todo el mundo. Las clases dirigentes de estos países no están en su mayoría preparadas para tener bajo control el crecimiento con los métodos de la democracia: quiénes lo intentaron acabaron pagando con su vida (véase pág. 8).

Entre las consecuencias del drama, a parte de las económicas y medioambientales, empieza a configurarse otra, incluso más graves, de carácter meramente político: se empieza a preguntar, de hecho, si las democracias, la democracia, podrán aguantar el choque de los millones de "extracomunitarios", ante las auténticas migraciones de miserables que se volcarán desde las chabolas del subdesarrollo hacia las metrópolis de Occidente, a despecho de las leyes cada vez menos aplicables, progresivamente más represivas y más violentas. Acaso las crisis sociales que estallen no comportarán nuevas, gravísimas restricciones de las libertades civiles y también políticas?

En resumidas cuentas, seremos menos libres en el 2000 como consecuencia del estallido demográfico?

Cabe reanudar una vez más, obstinada y pacientemente, la iniciativa puesta en marcha por los radicales, con la Campaña contra el exterminio causado por el hambre en el mundo, con el "Manifiesto de los Nobel", en el 1979-80. Actualmente, la partidocracia ha destruido totalmente la Cooperación para el Desarrollo, contaminando el proyecto radical y doblegándolo a sus propias exigencias de repartición de poder, criminales. Así pues, cabe reanudar la cuestión partiendo de premisas más amplias. Es decir, tenemos que realizar el partido "nuevo", transnacional, capaz de movilizar desde todo el mundo a hombres, energías y medios basándose en proyectos humanitarios, convergentes a partir de objetivos posibles y necesarios, planteados bajo la insignia de la Organización mundial de los Estados y de los pueblos. En resumidas cuentas, lo que hace falta es el "partido de la ONU".

Este es el desafío que los inscritos de 1993 han puesto en manos del Partido Radical Transnacional. Se han dado cuenta de ello? Qué hacen ahora para que, en 1994, el partido siga viviendo y actuando, incluso en su nombre?

 
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