Lluis BASSETS(El Pais, 22-7-94)
Era ya un lugar común de las visperas electorales europeas el anuncio rimbombante de que el siguiente Parlamento sería constituyente. En esta ocasión ha sucedido casi exactamente lo contrario. Las elecciones del 12 de junio, celebradas en todos los paises en clave de sus respectivos ensimismamientos nacionales, no levantaron ninguna ilusión, a pesar del evidente incremento de poderes experimentado por la Eurocámara gracias al Tratado de Maastricht. Sumidos en el mayor desencanto y en plena renacionalización de la política europea, nadie pronunció esta vez la frase histórica.
No faltaban razones. La experiencia de la última legislatura permitia los peores augurios. Las votaciones de los tratados de adhesión de Austria, Finlandia, Suecia y Noruega, celebradas en mayo sin apenas tiempo para el debate en las comisiones y en los plenos, habían redondeado la imagen de 'cámara inútil' que suele proporcionar el Parlamento de Estrasburgo. Era una evidencia que Alemania y el entero Consejo habían utilizado todo su peso politico para acelerar el calendario y arrancar las votaciones afirmativas, en abierta contradicción con los resquemores y anuncios de bloqueo planteados por los parlamentarios.
Todo permitía presagiar, así, que la primera votación de trascendencia política de la nueva legislatura, para ratificar al presidente de la Comisión, transcurriría por idénticos y inútiles caminos. El veto del Reino Unido sobre el primer ministro belga Jean-Luc Dehaene y el posterior nombramiento de un político calificado como el mínimo común denominador fue interpretada también en idénticos términos. La Comisión, con su derecho de iniciativa y su tarea de custodia de los tratados, debía empezar su eclipse tras diez años de protagonismo considerado excesivo por los Estados miembros. El Consejo de Ministros se aprestaba a retomar los máximos poderes posibles. Y sólo faltaba confirmar la irresistible tendencia de los europarlamentarios a la obediencia para redondear un cuadro siniestro para la construcción europea. Lo que sucedió ayer en Estrasburgo, demuestra que la construcción europea es obra de varias instituciones y de poderes compensados y equilibrados. A la disminución de los poderes de la Comisión y
al intento de reinstalar el derecho de veto en el centro de las decisioncs europeas le corresponde el surgimiento de un Parlamento con energías y poderes para realizar un papel de primer orden. Este nuevo Parlamento tiene los poderes surgidos de Maastricht, pero su composición permite, además, romper algunos de sus peores hábitos de comportamiento. La presencia de un nutrido grupo antieuropeo, por ejemplo, es un buen estínulo para los grupos auténticamente europeistas. No hay duda, pues de que éste sera un Parlamento peleón. El nombramiento de la nueva Comisión Europea, que debe culminar en diciembre, sera la primera y larga batalla en la que las fuerzas parlamentarias intentarán condicionar los nombres de los comisarios y el reparto de carreras. El estrecho margen obtenido por Santer anuncia que las audiciones o hearings a los que serán sometidos los candidatos a comisarios irán mucho más allá de la pura formalidad y que deberá producirse una auténtica negociación sobre el entero cartapacio. Varias cue
stiones han quedado tocadas después de ésta votación histórica: el derecho de veto, el método secretista y del mínimo común denominador y la disciplina de voto del bloque europeista, como mínimo. Se establece además un precedente para votaciones importantes qúe deberán producirse en los próximos años, principalmente las que harán referencia a la reforma institucional de 1996.
Este inesperado giro proporcionado por la única institución europea elegida directamente por los ciudadanos, la más autorizada por tanto para corregir a las otras instituciones, coincide con una de las prioridades más interesantes de la actual presidencia alemana del Consejo de la Unión, la que se refiere precisamente al reforzamiento de los poderes del Parlamento. Alemania desea plantear, con la revisión de Maastricht, que el aumento de los poderes del Parlamento sea el camino preferencial para la resolución de los desequilibrios de representación de los países en las instituciones.
Lluis BASSETS