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Montero Rosa, Pannella Marco - 7 dicembre 1980
HAY QUE ACOSTARSE CON EL ENEMIGO, NO MATARLO
Rosa Montero

SUMARIO: En una entrevista larguísima, publicada en el suplemento dominical de "EL PAIS", Rosa Montero traza el perfil psicológico, humano y político, en una descripción profundamente poética y analítica, del carismático Marco Pannella. El artículo describe con todo lujo de detalles la personalidad del líder político, su visión del mundo, del amor, la felicidad, el sufrimiento, la vida y la muerte. Abordan temas como el sentido de la existencia, las personas que saben llorar, la ternura, la capacidad de crear. Y profundiza el tema de la no violencia, del terrorismo, de la huelga de hambre, del diálogo como necesidad y fantasía, del fascismo y el antifascismo, de la justicia, el anticlericalismo, la esencia libertaria de los radicales y las insólitas batallas libradas incansablemente por los mismos.

(Rosa Montero, "EL PAIS", suplemento dominical del 7 de diciembre de 1980).

Marco Pannella, cincuenta años de edad, periodista de profesión, político por convicción, es uno de los dirigentes del Partido Radical italiano y diputado del Parlamento Europeo. Ha protagonizado numerosas huelgas de hambre por causas muy diversas, y no exclusivamente italianas. Su partido es, probablemente, el que manifiesta más inquietud por los nuevos problemas de las sociedades industrializadas. En esta entrevista explica su conducta ideológica y ética, en la que la felicidad es el gran anhelo.

En el hotel Ritz de Madrid hay un salón tibio y solitario adornado con horparedes. Dentro hay unas cuantas mesas de escritorio, provistas de lámparas de organdí plisado, de secantes, tinteros y carpetas, a la inútil espera de un casual escribidor. Debió ser un salón con mucho éxito antes del apogeo de las comunicaciones telefónicas, pero hoy no entra nadie en esta habitación de sabor epistolar, ocupada tan sólo por dos policías armados - posibles vigilantes de miembros de la CSCE alojados en el hotel - que pasean su aburrimiento de la chimenea apagada a la cristalera y de ahí al tintero de la mesa del rincón. Es este el lugar que Marco Pannella escoge para la entrevista. Atardece, y esta habitación confitada y decadente, con la tos discreta de un policía al fondo, proporciona un toque de irrealidad a las palabras del líder del partido Radial italiano.

- Casi me sorprende que no tenga usted un aire demacrado tras tantas huelgas de hambre como ha llevado usted. Han sido más de veinte no?

- Sí, no sé cuántas, pero varias. Nosotros no hacemos una huelga de hambre para obtener beneficios para nosotros mismos, cosa que otros hacen y me parece muy respetable. Nosotros las hacemos para llamar al Poder a su orden, incluso aunque ese orden no sea el nuestro.

Describir el aspecto de Pannella parece cosa superflua, porque su físico ha sido objeto de casi tantos comentarios como sus ideas. Ya se sabe, por tanto, que es dueño de una carrocería importante. Es alto y bien hecho, y se mueve con la fácil seguridad de quien no ha padecido un complejo corporal: ni siquiera los granos purulentos de la adolescencia. Va vestido con un traje gris y tan perla que dan tentaciones de decir que hace juego con el color de sus ojos, aunque en realidad éstos sean muy azules. Pese a lo sobrio de sus ropas, posee un sello de indefinible lujo: lujoso es su pelo blanquísimo y espeso, lujosas sus manos, que él mueve con sabiduría. A veces, en algún escorzo, se le atrapa una expresión de ave rapaz o de sátiro grecorromano sobre el rostro, pero ésta se diluye de inmediato y vuelve a recuperar su aire apacible y afectuoso, su sonrisa cálida. Es un maestro de la seducción.

- Es curioso que a usted, un hombre proveniente de la burguesía intelectual, se le ocurriera emplear el recurso de las huelgas de hambre. No es un método de lucha muy común.

_ En primer lugar, es cierto que vengo de la burguesía media, pero sociológicamente nunca he participado de la burguesía intelectual, excepto en la universalidad de un momento dado. Yo fui presidente de los estudiantes universitarios italianos, y creamos las organizaciones universitarias tras el fascismo. Pero los universitarios, en realidad, eran más militantes que intelectuales. Entonces me convencí de que había que crear unos medios propios de expresión: pensamos que había que darle cuerpo a la esperanza, porque, se quiera o no, se da forma a la esperanza y a la desesperanza, y a fin de cuentas, me parece más difícil vivir la desesperanza que la esperanza, una esperanza razonable. Nosotros no estábamos de acuerdo en que los medios justificaban el fin, sino más bien en que los fines prefiguran los medios. Y ahí rompimos con una tradición tanto política como cultural como religiosa. A partir de entonces hemos intentado expresarnos también a través de los medios, de manera que éstos sean también una imagen d

e lo que queremos obtener. Le parecen a usted unos métodos de lucha poco comunes, extraños? Más extraño me parece a mí que los demás perseveren en unos métodos de lucha que ni siquiera sirven para sus objetivos. Es la misma diferencia que existe entre el sentido común y el buen sentido. Yo creo que el sentido común no es buen sentido, precisamente.

- Y usted tiene buen sentido, claro está.

- Intentamos tenerlo, intentamos razonar.

- Observo que disfruta usted haciendo juegos de palabras: resalta la diferencia entre bien sentido y sentido común, y en repetidas ocasiones ha declarado usted que se considera revolucionario y no revolucionista, reformador y no reformista...

- Sí creo que he inventado la palabra revolucionista, que no existía. Pero existía reformista, que es aquel que no es capaz de hacer la reforma que dice querer, sino que se queda tan sólo en las pequeñas cosas. De la misma manera los revolucionistas no llegan a hacer la revolución ni dejan de hacerla.

- También se define usted como un "creyendo laico" por seguir con los juegos de palabras.

- Sí, pero todo esto no se queda en un mero juego de palabras, como usted dice. Creo que hay que respetar las palabras, hay que evitar el consumir la palabra para no decir nada. Por ejemplo, la palabra revolución se entiende como toma de la Bastilla, destrucción, tábula rasa.... Como resultado de todo esto, y desde la aparición de los revolucionaristas, no ha habido verdaderas revoluciones. Si miras el diccionario, revolución es exactamente lo contrario, es un acto físico, un movimiento que un cuerpo físico ejecuta en torno a sí mismo o en torno a un punto fijo: es un movimiento perpetuo, es la continuidad, no la ruptura. Es necesario, por tanto, reapropiarse de la palabra, hay que buscar la precisión en el lenguaje.

- Es otro método de lucha, entonces.

- Sí, es la lucha semántica, y es muy importante. Por ello hemos insistido siempre en llamar partido a nuestro partido, aunque todo el mundo decía que era un movimiento. Pero nosotros nos negábamos a abandonar la palabra partido, que representa el elemento necesario de la democracia política, en la que creemos. No queríamos abandonar esta palabra a un monopolio. Me parece muy peligroso el aceptar, por pereza, que las palabras se conviertan en simples piedras, y que se utilicen de manera indiscriminada, sin significación. Creo que fue Silone quien dijo que la victoria de la sociedad totalitaria comenzó el día que un hombre cansado, que viajaba en un tren, se encontró con otro individuo che charloteaba incesantemente diciendo inmensas tonterías. Entonces nuestro hombre le dijo que sí, le dio la razón sólo para quitárselo de encima, y ahí comenzó la rendición a la violencia. Porque debería haberle dicho: "No quiero hablar", o bien, "No estoy de acuerdo".

- DE manera que usted propone la lucha perpetua.

- Sí. una lucha no violenta, el diálogo. La única lucha que conozco que valga la pena es el diálogo. Y casi siempre es dramática.

- Y es usted capaz de discutir en todos los trenes?

- Yo no quisiera servir de ejemplo: se dice que el sabio o el santo peca siete veces por día, y yo peco setenta veces. De modo que me arriesgo probablemente a hacer lo mismo que hizo nuestro hombre en el tren. Pero por dentro me propongo no hacerlo, y lo consigo bastantes veces.

- No es fatigoso estar siempre en ese combate?

- La verdad es que es más fatigoso no hacerlo, creer que es mejor no contestar. Porque cultivas tu fatiga en lugar de cultivar tu fuerza.

Habla Pannella en una francés perfecto - su madre fue francesa - y poco menos que hemorrágico, por el aquel de lo abundante y fluido. Su conversación es rica, está llena de sugerencias y de imágenes, pero se ciñe estrictamente a lo teórico. Disminuida con el farfulleo de mi francés insuficiente, constato con congoja mi incapacidad para romper la torrencialidad de su discurso perfecto, de su discurso de político. Y, sin embargo, desconfío de aquellas personas que no son capaces de tartamudear ni tan siquiera una vez a lo largo de dos horas: desconfío de aquellos que parecen saber de antemano las respuestas.

Al atrancarme con una palabra por quinta vez en lo que va de entrevista, hago una referencia disculpatoria a lo deficiente de mi idioma:

- No se preocupe - dice él -. Usted habla bien francés.

- No, qué va - contesto, creyendo que su frase es mera cortesía.

- Sí, sí, habla bien. Comprende todo, se expresa apropiadamente.

- No - repito entre tartamudeos -. Comprendo bien pero no hablo.

- Cómo que no habla? Está usted hablando en francés en este mismo momento - se obceca.

- No es más que una apariencia - digo como broma.

- Entonces mis palabras también son apariencia. Insisto en que usted habla bien francés - repite combativo.

- No . me emperro, puestas ya las cosas como están.

- O acepta usted que habla bien francés o no contesto ninguna pregunta más - dice absolutamente serio.

- Ya observo que pone usted en práctica lo de discutir en todos y cada uno de los trenes.

- Ya le digo que procuro hacerlo - y sonríe.

Como líder de un partido que incluye reivindicaciones feministas, Pannella ha adquirido una grata naturalidad social frente a la mujer: no coquetea (al menos no lo hace en el obvio estilo clásico), es amabilísimo, pero no se ve obligado a quitarme o ponerme el abrigo, a veces me da fuego y a veces no, dependiendo de la lógica de las circunstancias, y ni tan siquiera parpadea cuando le alcanzo el paquete de cigarrillos, que se había caído y estaba más cerca de mi mano que de la de él.

- Parece usted ser hombre optimista.

- No, no lo soy.

- Pero es un hombre con esperanza.

- Tengo esperanza, sí, pero no ilusiones. Los optimistas tienen ilusiones. Yo tengo e intento tener esperanzas, y además estas esperanzas han de ser razonables.

- Pero cree usted en el progreso de la Humanidad?

- No necesariamente. No soy un positivista de fines de siglo. Sé que el desarrollo de la historia humana es dramático y a menudo trágico. La grandeza humana es siempre parecida a sí misma. No hay progreso y, sin embargo, puede haber regreso, y eso depende de la persona. Yo lucho por le desarme unilateral, contra las nucleares... Si creyera en el progreso no me molestaría; si fuera optimista esperaría a que todo se arreglara por sí solo. Yo creo que, de igual manera que es posible el suicidio en una vida individual, también es posible en la historia, en la civilización. La Humanidad se puede suicidar..., o puede ser asesinada. Y creo que nuestra grandeza histórica es que la Humanidad no puede ser reducida a la razón, pero que sin la razón puede también morir.

Es periodista y tiene cincuenta años. Ha sido diputado del Parlamento italiano y lo es del Europeo. Lleva casi treinta luchando en las filas del Partido Radical. Y es una lucha imaginativa y sorprendente: desde las huelgas de hambre y sed (una de ellas, en 1977, fue en protesta por el encarcelamiento de varios objetores de conciencia españoles), que le han hecho adelgazar hasta veinticinco kilos en cuarenta días, con comienzos de insuficiencia renal y demás quebrantos, hasta los tenderetes que plantan los radicales por las calles recolectando firmas en petición de referendos: contra la caza, por ejemplo, pero también contra la ley Cossiga de Orden Público, contra la cadena perpetua, contra la ley de Delitos de Opinión, contra las centrales nucleares. Así, a base de firmas y de hambrunas, los radicales han conseguido logros notables: abrir las instituciones psiquiátricas, las victorias del divorcio y el aborto, e incluso influir decisivamente en la salida del presidente Leone. Pannella, mientras tanto, tiene

tiempo para escandalizar a las masas: va a la cárcel por invitar al procurador general y a la policía a fumar porros en petición de la despenalización de los drogadictos, aparece en televisión amordazado como protesta del boicoteo y dirigismo informativo, o dice merde al presidente en funciones del Parlamento Europeo, y con un acto tan cándido provoca colapsos. Está soltero, no tiene coche, vive en un estudio sin calefacción y le complace verse a sí mismo y a su partido como sucesores del talante socrático.

- Los radicales son atacados duramente por derechas e izquierdas. Las derechas dicen de ustedes que son drogadictos y...

- Y traidores a la patria, y terroristas, y homosexuales, y payasos, en fin, asquerosos, sí.

- Y las izquierdas les causan de fascistas.

De radico-fascistas, sí. El fascismo ha sido una página terrible, grandiosa, de nuestra historia, y en ese sentido es también trágicamente noble, como todo lo que hay de aprovechable en la historia. Se puede decir todo sobre el fascismo, a excepción de que no forma parte de nosotros mismos: no se puede decir que es el demonio de los otros, sino el nuestro. El fascismo tiene unos valores que combato sin descanso, pero que respeto, puesto que fueron los valores que nos mataron, que nos aplastaron, que nos redujeron a vencidos durante gran parte de este siglo. Se ha dicho que la burguesía italiana había dado lo peor al fascismo, que todo aquello era grotesco, pero es mentira. Como ministro de Educación Pública estaba el mejor filósofo italiano, Giovanni Gentile, por ejemplo. La burguesía italiana ha dado lo mejor de sí misma al fascismo, desgraciadamente. Ahora habría que preguntarse quiénes son los herederos del fascismo: y son aquellos que se autodenominan antifascistas: el clero, que estaba con el fascismo;

los estalinistas, que a menudo estaban con el fascismo - como en los acuerdos contra Polonia ...-. El partido comunista, el socialista, los liberales y la Democracia Cristiana defendían aún en 1968 el código Rocco, mussoliniano, y fuimos nosotros los únicos que luchamos por hacerlo desaparecer. Todas estas fuerzas políticas, como hicieron los fascistas, han decidido criminalizar a los antiguos fascistas, y declaran: libertad para todos, pero no para la extrema derecha. La diferencia entre un fascista y un antifascista es que el antifascista dice al otro: en tanto en cuanto tú no me toques el código penal, tienes derecho a decir todas las memeces que se te ocurran. Yo he tenido muchas veces vergüenza antifascista de los "antifascistas". Pero esta lucha en contra del fascismo es la larga travesía del desierto.

- Por qué?

- Porque en 1968 los antifascistas decían que había que matar a los fascistas. Porque las gentes que se creían libertarias se paseaban por las ciudades con el puño en alto, insultando, arrasando, sintiéndose muy viriles, muy machos, sintiéndose un ejército. No tenían otro uniforme que el de sus pelos largos, pero eran un ejército. Hablaban de muerte, y con la muerte empieza el fascismo. Era la ideología de héroes y mártires, la necrofilia. La izquierda italiana siempre ha estado dividida, pero la vieja y la nueva izquierda siempre se han unido en los funerales. Es la izquierda del funeral, mientras que nosotros queremos ser la izquierda de la felicidad. De una felicidad razonable, no rouseauniana. Nosotros creemos que somos antifascistas porque los fascistas colocan a sus demonios en sitios concretos, y nosotros no. Para nosotros el mal es la ausencia del bien, pero no tiene una presencia propia. Poseemos cosas enemigas, pero no enemigos. Y por tanto no merece la pena matar al peor enemigo posible, es mejor

acostarse con él, porque siempre se pueden obtener mejores resultados.

- No se ha manifestado usted nunca sintiéndose parte de un "ejército", como usted dice? No ha sentido nunca esos valores marciales?

- No. Viví la guerra muy joven, y para mí el ejército es la guerra, y la guerra, la muerte. Todo esto me llevó a reflexionar. Nunca he sentido la necesidad de cargar la bayoneta. Sólo son los impotentes los que necesitan del poder.

- Sin embargo, ustedes los radicales ascienden a puestos de poder, se presentan a las elecciones, son diputados...

- Yo soy libertario, pero la mayor parte de los anarquistas creen que el hombre es bueno y que el mal está en la sociedad. Y yo eso no lo creo. Pienso que el niño puede ser más perverso, más malvado que un adulto. Creo que la virginidad es lo contrario a la inocencia... Porque la inocencia es una posible conquista, no es un estado de partida. Por tanto, diría a alguno de mis camaradas que la ley de la jungla es la de la exterminación del más débil, y que prefiero la ley del Talión a la de la jungla, aun siendo bárbara. Creo en un concepto socrático de la ley, y voy más allá de Sócrates: la ley ha de ser justa, y si no lo es no puede ser ignorado este hecho, hay que desobedecerla oficialmente para patentizar su injusticia con el escándalo de un proceso y una condena. El problema de ascender a un puesto oficial depende de lo que se haga desde ese puesto. Si se trabaja para hacer disminuir la violencia de la estructura, eso está bien.

- Ha dicho usted que un radical puede llegar a ministro, por ejemplo.

- Y por qué no? Y a papa, y a rey.

- O a reina.

- A reina, en primer lugar, porque somos un partido matriarcal.

- Ya sé que el 55% de sus militantes son mujeres.

- No es sólo una cuestión de cantidad, sino de calidad.

- Aceptaría usted ahora mismo una cartera de ministro?

- Por supuesto. También podría convertirme en el líder de la ETA vasca si con ello pudiera disminuir el porcentaje de violencia. Porque los violentos se parecen mucho a la gente que matan. Los terroristas creen que el miedo es un valor, y yo pienso que desde ese punto de vista da igual estar en el Opus Dei que en un grupo de extrema izquierda.

- Parece usted muy seguro de sus teorías. Le voy a hacer una pregunta que en realidad es algo retórica, porque seguramente me contestará usted que sí...

- En ese caso le contestaré que no.

- No tiene usted a veces momentos de desaliento, no llega a pensar en ocasiones que todo es inútil, a perder ese voluntarismo de la esperanza?

- No

- No, claro.

- No, es que es diferente. Yo padezco a veces grandes dolores, y creo que hay que hacer una distinción entre la melancolía y el sufrimiento, el aburrimiento y el dolor. Cuando conozco a las personas, sobre todo si son hombres, suelo preguntarme a mí mismo: este tipo será de los que lloran o de los que no lloran? Y si deduzco que es de los que no lloran, me digo: pobre hombre, es que ha dejado de estar vivo. Y esta pregunta es para mí muy importante. Porque sólo si estamos vivos, muy vivos, podemos llegar a poseer una gran felicidad. Pero una gran felicidad puede conllevar también un gran dolor. No quiero decir con esto que estar vivo sea sufrir, sino que es la capacidad de ser tocado por la existencia en un sentido grato o doloroso. Yo he tenido momentos en los que me he llegado a decir: esto es atroz, es como si no tuviera más ganas de seguir. Pero siempre me digo ese "es como si" porque sé que no es verdad.

- Y, sin embargo, la vida es algo absolutamente irrazonable. No existe ninguna razón objetiva para ser vivida.

- Pero tampoco ninguna razón para no vivirla. Y además existe un hecho y es el de estar vivo. De cualquier forma, yo no digo que todo sea racional. Creo que la emotividad es una enorme riqueza. Aunque ahora exista una retórica, una demagogia sobre la emotividad que me parezca peligros.

- Esto le iba a decir, precisamente. Conozco a muchos hombres, sobre todo hombres, que construyen discursos perfectos sobre el amor y la emotividad, que, como usted dice, está de moda. Hablan y hablan sobre la recuperación de las emociones y sobre el amor y, sin embargo, son incapaces de la menor ternura real...

- S', es una especie de esquizofrenia, hablan del amor y no saben amar. Yo, personalmente, creo que una caricia triunfante puede ser un momento de una importancia política enorme. Creo que si amas los genes, quizá cambias por una millonésima el curso de la antropología, de la transmisión: aquello que haces por amor, por fantasía, por inteligencia, tiene una importancia tremenda. A veces me sucede el tener la sensación de haber creado y expresado políticamente algo de extrema importancia al acabar o empezar un momento de gran e intenso amor. A veces me ha sucedido el haber escogido no dormir una noche, y hacer la elección con gran convicción, pero con mucha, con mucha convicción, con certidumbre. Escoger no dormir una noche cuando tenía que hacer a la mañana siguiente, a las nueve, un discurso importante. Y he preferido estar sin dormir en absoluto por dialogar con otra persona. Y no he leído nada, y no he preparado nada el discurso. Y lo hacía sabiendo perfectamente que la fatiga me haría hablar de una maner

a más desordenada, por asociación y no por lógica formal, pero que llegaría allí más intenso, más íntegro, más profundo, más fuerte. Más capaz de crear. Por eso digo que las cosas que se creen hay que mantenerlas y ponerlas en práctica. Y, desde luego, si un político estima que hay que dejar de lado una posibilidad de amor, de diálogo que nace, por preparar un discurso, es que es un mal político, creo yo...

No ha mirado el reloj una sola vez, y consigue convencerte de que la conversación le interesa, cosa de agradecer, aunque dudosa. En realidad es hombre capaz de convencer de cualquier cosa, y es fácil imaginarle vendiendo la torre Eiffel a Onassis. Al terminar la entrevista pide cortésmente el verla, [porque es muy fácil confundir un 'ne' con un 'nous', por ejemplo »sólo por eso , e imponer con férrea amabilidad un calendario de entrega, »porque en EL PAIS , explica, »me han dicho que la entrevista saldrá el día 7 de diciembre, y a mí me interesa que se publique precisamente ese día, porque vuelvo a España el 8 y me conviene que haya salido para entonces Le conviene sólo por puro afán proselitista, por amor de partido, de esperanzas, de creencias? A fin de cuentas, Pannella es un político, cosa que él no niega. Aunque sea un político socrático.

 
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